Joyita, de Patrick Modiano

 

joyitaMe pregunto a quién les habla Patrick Modiano en sus novelas. Qué lectores entienden qué cosas. Si lees Joyita (Editorial Anagrama) es imposible que no quedes clasificado en un cierto catálogo que no se puede consultar pero que existe, que vive en el aire, esperando a que por fin algún genio de la ciencia o la espiritualidad o ambas cosas lo descubra, lo saque del limbo de de las verdades que aún están por ser dichas. Ese catálogo es el de la orfandad. Huérfanos con y sin padres, huérfanos felices e infelices, huérfanos desesperados, huérfanos exitosos y listos como lobos, huérfanos de todo tipo. Incluso gente cuya crianza fue ejemplar y llena de amor -aparentemente no huérfanos- que acaban, con el tiempo y el transcurrir de la vida, percibiendo que todos los humanos, incluso ellos, tendrán que vivir algún día el pequeño o gran pellizco de la orfandad estructural de estar en el planeta esperando a morirnos. Es imposible leer a Modiano sin quedar colgado de alguna de esas gavetas. Dan ganas de celebrar una convención de lectores del autor para ver en qué queda la cosa. La orfandad de Martine, esa chica a la que su madre le puso el apodo de “joyita”, es la de la joven cuyos padres no han muerto pero la han abandonado. No es en absoluto lo mismo. Los padres que lo abandonan a uno son como los desaparecidos de las dictaduras. No podemos certificar si viven aún o no, y eso es desesperante, mucho peor que saber que murieron. Si viven, ¿por qué te mantienen en el abandono? ¿Por qué no dan la cara? ¿Por qué se esconden de ti? Hace poco el gran Paolo Sorrentino dedicó una serie completa de casi diez horas de duración a este tema (El joven Papa). Aunque los diálogos y las imágenes son estupendas, Sorrentino no alcanza la autenticidad de Modiano a la hora de entender y hacer entender al lector lo que significa ese tipo de orfandad. La autenticidad suele tener más que ver con la delicadeza y el detalle que con los gestos gruesos y llamativos, y ahí es donde falla un poco el cineasta. Pero Modiano no. Un día Martine cree ver en el metro, vestida con un abrigo amarillo, a su madre. Martine, ¿es alguien? ¿Se puede, así, ser alguien? Todas las cuestiones de la vida se vuelven la misma. La joven se pasa la novela siguiendo a la mujer del abrigo amarillo -el texto tiene estructura detectivesca-, espiándola, buscando su casa, pensando en ella sin pausa, pero al mismo tiempo le da terror el vacío que sobrevendrá en el momento en que se hablen. Justo delante de su puerta, cuando podría simplemente llamar, escapa corriendo: “En el patio, me asombró poder respirar. Qué alivio pisar un suelo firme, una acera tranquilizadora”. Una huérfana como ella está condenada a vivir en el borde de algo, muy cerca de un precipicio. Su vida consiste en el precipicio de pertenecer o dejar de hacerlo. Una vida sin espacio, una vida de angustia entre el sí o el no. Una vida tremendamente estrecha, como un peligroso desfiladero del que no se sale nunca.

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