A tale for the time being, de Ruth Ozeki

ozekiNo es de extrañar que los dos pilares esta novela (aún sin traducir, por desgracia) sean el budismo y la ciencia, porque cada día parece más claro que ambas cosas convergen. Muchos avances en neurología, por ejemplo, nos acercan evidencias que para los antiguos meditadores de la India o del Tíbet resultaban intuitivas gracias a sus prácticas. El Dalai Lama cree que el budismo debe cambiar si la ciencia desmiente de algún modo sus bases, y el prestigioso maestro Thich Nhat Hanh afirma que la ciencia le ha ayudado a profundizar en su comprensión de las enseñanzas. El acierto de esta novela está en entretejer alrededor de esos dos pilares, de esos enormes troncos que representan la tradición y la modernidad, multitud de otros elementos que se le aparecen al lector como una entretenida, dura y también deliciosa mezcla de historias con un eje común. Es una novela sobre la guerra, sobre la lucha por la propia vida, sobre el acoso escolar, sobre la inseguridad de la identidad propia y sobre nuestra relación con el ecosistema: es, en definitiva, una novela total. Plantea la necesidad de un cambio de rumbo en nuestra manera de estar en el mundo: en lo ecológico, en lo político y en lo cotidiano. También habla de la esencia de la literatura: su capacidad de funcionar como máquina del tiempo, como recurso para palpar a los seres de otras épocas.

Ruth y Oliver -los nombres de la autora y de su pareja en la vida real, por cierto- viven en una remota isla del Pacífico. Él es investigador en biología y ella es novelista. El giro del Pacífico Norte, es decir, uno de los once sistemas de corrientes marinas del planeta, arrastra montones de basura procedente de Japón, entre la que se encuentra una pequeña fiambrera hermética que contiene un diario escrito por una adolescente japonesa. La casualidad hace que Ruth lo recoja. Con este simple recurso tantas veces usado, del tipo Cide Hamete Benengeli, Ozeki pone en marcha el asunto. Confía en que los lectores aceptarán la convención, del mismo modo que Nao, la autora del diario,  confía en que alguien encuentre su botella al mar.

A Nao la acosan de un modo cruel y sórdido sus compañeros de instituto. Su padre, programador informático, parece querer suicidarse todo el tiempo. Y su bisabuela centenaria, último agarradero insospechado para la estabilidad emocional de la chica, es una monja zen llamada Jiko. Jiko, en su juventud, fue admiradora de Kanno Sugako, la anarquista japonesa ahorcada por negar el carácter divino del emperador. Su hijo Haruki (el tío abuelo de Nao) fue un muchacho sensible y culto al que el gobierno nipón obligó a inmolarse vivo en la Segunda Guerra Mundial. De este nudo nacen varias historias de una ternura impagable. La anciana es un personaje memorable, extremadamente complejo pero definido en pocos rasgos, creado con esa falsa sencillez del mejor arte. Nao descubre el diario que Haruki escribió en sus últimos días de vida. Sin apenas darnos cuenta estamos leyendo un texto encontrado por un personaje cuyo diario, a su vez, ha sido encontrado por la narradora. La aparente dificultad de leer varias novelas a la vez se resuelve de un modo admirable volviendo al inicio, y usando la amalgama natural que nos une a quienes vivimos en este pedrusco inverosímil que gira y avanza por el espacio desde el principio de los tiempos: el hecho de saber que nos vamos a morir, por un lado, y la situación de vulnerabilidad en que eso nos deja, por el otro. Ser, como dice la novela, “seres de tiempo” –time beings– y tener la capacidad intelectual, la curiosidad y la insondable necesidad de preguntarnos en qué consiste ser eso. Lo que llevan toda la vida buscando, a fin de cuentas, la ciencia y la espiritualidad.

He aprendido mucho leyendo la novela. Sobre infinidad de cosas. Entre ellas, el impacto de los humanos en el mar, los efectos de la guerra en Japón, el poco conocido y fascinante anarquismo asiático de mitad del siglo pasado, el prestigio de Proust en el Japón prebélico, la intrigante y desgraciada vida del investigador Hugh Everett, la gran isla de basura formada en el océano Pacífico, las sutiles y para nosotros extrañas formas de prostitución en Japón, el voto de bodhisattva, el maestro Dōgen. Me dejo muchas cosas. Ahora respeto aún más la ciencia ajena al fundamentalismo empiricista, y también la espiritualidad genuina, ajena a toda beatería y buenismo espiritual. La lectura me ha acercado, de un modo a veces incómodo pero también conmovedor, a mi propia condición de ser humano. Me resulta imposible no recomendarla.

 

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