Zona, de Geoff Dyer

zonaHay libros escritos para recordarnos —si los leemos— que en la vida podemos hacer lo que se nos cante. Esto no es exactamente verdad, claro. No puedo masturbarme en plaza pública como Diógenes ni salir del súper con la mochila cargada de botellas de vino sin pagarlas. O bueno, sí que puedo, pero aquí habría que embarrarse a hablar del libre albedrío, SpinozaKant… Vaya, que no da. Además, vosotros ya me entendéis: lo que quiero decir es que Zona, como algunos otros libros (me viene a la cabeza Nada que temer, de Julian Barnes), parecen escritos con una libertad sin límites. A un tipo le da por hablarnos de una película que le fascina —Stalker, de Andréi Tarkovski— y simplemente nos la cuenta plano a plano, intercalando las digresiones más hilarantes, asombrosas y a veces aparentemente inadecuadas. Cualquier cosa que le sirva. Se trata de seguir la regla de Tarkovski: mostrar al mundo aquello que, si tú no lo señalas, jamás será visto. Dyer se va demorando en el camino, hablando sobre sí mismo, su pasado, sus ex novias, su mujer, su trabajo, sus manías, sus dificultades, sus gustos. Es como si estuvieras en un bar y de repente entrara un hombre que resulta ser la inversión exacta del típico pesado de bar: un señor que a medida que habla de algo que ama, la película Stalker, te abre los ojos a verdades sencillas pero difíciles de ver. El señor tiene una extensa cultura (qué expresión más fea, “extensa cultura”) o al menos una cultura caprichosamente suya y que tal vez sea toda la que tenga, pero que despliega de un modo tan transparente, cándido y vivo que te desarma. Vais pidiendo cañas (al señor le encantan, se las pimpla a un ritmo inalcanzable para ti) y te das cuenta de que estarías escuchando a ese hombre toda la vida. Que tu deseo más íntimo es estar ahí reblandeciéndote la sesera a base de cerveza y escuchando a ese tipo. Pero un momento… ¿He dicho deseo íntimo? Ah, sí: es que la película de Tarkovski —y el libro de Dyer— van sobre eso: Stalker es un guía mesiánico que lleva a “escritor” y a “profesor” —así, sin nombre— a la zona, donde hay una habitación que concede a quien entre en ella la cosa que más ansíe en la vida. He visto la película a medida que leía el libro, y el viaje ha sido bastante fuerte (por cierto, hablando de viajes, Geoff Dyer es un ex consumidor de LSD y las reflexiones que hace sobre la habitación y la “zona ácida” son impagables: para nada el típico comentario de vejete nostálgico de la época en la que se conseguía la cosa en la farmacia, ni tampoco de fanático desnortado que habla del uso de psicotrópicos como de los goles de su equipo de fútbol).

 

Resulta extraño escribir esta reseña, porque el libro es a su vez la reseña extendida de una de las películas más inabordables que existen. La cosa se pone borgiana enseguida y me agota sólo de pensarla. Por ejemplo: el mismo día que empecé a leer la novela me topé casualmente con una foto en internet en la que se ve una caja de madera con centenares de anillos de boda: son alianzas de prisioneros de los campos de concentración nazis. La imagen me impactó mucho, y en un momento dado pensé lo siguiente: ¿Y si Hitler fue “la habitación” en la que el inconsciente de muchos votantes entró para cumplir su deseo inconfesable? Entrar en la habitación sólo asegura que se cumplirá tu deseo, pero para nada que tú sepas siquiera cuál es ese deseo, o si existe o no. Tal vez tras cumplirlo sólo te quede el suicidio, porque te habrá revelado quién eres y tal vez no te guste nada lo que veas. Poca broma, pues, con los deseos. Aunque Dyer se acerca a ellos de un modo más suelto que su admirado cineasta. Le sirve cualquier cosa con tal de que entendamos: habla del deseo de montarse un trío, por ejemplo. O el de tener un perro. Qué panzón de reír me di con lo del perro, por cierto: qué poco se parece Dyer a Tarkovski. Viendo Stalker puedes sentir una conmoción, pero panzones de reír para nada. Cero panzones. Cosa a que Tarkovski, claro está, le importaba un pepino. Algo valiosísimo que nos da Dyer es una explicación —sui géneris, como todas las suyas— de qué ocurre en nuestra era con el tiempo cronológico. Tarkovski desfiaba a los espectadores con (entre otras cosas) secuencias prolongadas hasta casi el absurdo. Se trata de entrar en la dimensión en la que ya no esperas nada. Cuatro minutos enteritos de ponerle la cámara en el cogote a tres tipos montados en una vagoneta. Una película “normal” hubiera usado 5 segundos. Parece decirnos: si has venido aquí buscando entretenimiento, lárgate ahora mismo de la sala. Deja de joder y vete de aquí. Así es Tarkovski. Eso se traduce, según Dyer, en una protección contra los clichés. La película, como la zona, es un desagüe que se traga todo cliché que asome la patita. No hay tregua. Los clichés son elementos esperables, y los espectadores que desean verlos aparecer son considerados poco menos que zombis. La zona es el lugar donde protegerse del exceso de imágenes que nos invade, de la tele, de las noticias de la prensa, de las redes sociales, del software impuesto a nuestros cerebros para que se entretengan y no molesten, para que pidan su chute de droga visual diaria, para que se comporten de esa manera típicamente compulsiva suya. Se habla de rendirse al tiempo y de no vivir esclavo de él. De dejar de correr.
La paradoja es que teniendo a nuestra disposición la mayor cantidad de imágenes de la historia que nos llegan a una velocidad inaudita, nos aburrimos ahora más que nunca, y nos aburrimos más rápido. Mirar tu correo electrónico o tus mensajes de whatsapp treinta y cinco veces al día, por decir una cifra. Ver tres películas en un fin de semana —aburriéndote segundo sí, segundo no— y no recordar ni un solo plano el lunes por la mañana. De eso nos protege la zona. Lo insoportable, a la larga, es lo que queda fuera. Por eso cuando los tres personajes llegan hasta ella las imágenes cambian a color, en contraste con el monocromo raro del principio, y Stalker, animado, dice: ¡por fin en casa!
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2 comentarios sobre “Zona, de Geoff Dyer

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