Recordando a Jacques

Jacques-DerridaHace un tiempo soñé algo inquietante: volvía a casa de mis padres y al entrar veía a un hombre sentado en un sillón. Es tu hermano mayor, me dice mi madre en el sueño, y yo siento un gran enfado por no saber de su existencia y por haber tenido que cargar siempre con el peso (?) de la primogenitura. El sueño me recordó al filósofo Jacques Derrida, que hablaba de la idea del favorito excluído: decía que durante toda su vida sintió que, a pesar de ser indudablemente el hijo favorito de sus padres, a la vez, de algún modo extraño, le excluían. Relacionaba eso con el hecho de que un hermano mayor, Paul, hubiera muerto antes de que él naciera. Sus padres le habían otorgado el rol del hermano desaparecido, pero él sentía que por debajo había algo más a lo que no tenía acceso, una especie de zona emocional prohibida. Tal vez de lo que le excluían era del propio dolor, del duelo por el hijo muerto. O de un resentimiento de fondo hacia él -inconsciente, supongo- por venir a sustituir lo insustituible. Pero la relación entre ellos tenía como cimientos esa cosa inaprensible, ese vacío. La propia obra del polémico autor puede ser vista como una gran expansión de ese tipo de estructura cuyo centro no se sabe dónde está ni si es centro o deja de serlo. Mark C. Taylor lo dice más o menos así: “La visión (de la obra de Derrida) es la de que toda estructura -ya sea literaria, psicológica, social, económica, política o religiosa- que organiza nuestra experiencia está constituída y mantenida a través de actos de exclusión”. Lo que se excluye “no desaparece sino que retorna siempre para desestabilizar la construcción, sin importar lo segura que parezca”. Derrida molesta a mucha gente. Hay gran confusión con todo lo que tiene que ver con el postestructuralismo. Le tenemos pavor a cualquier cosa que amenace nuestra idea de solidez, nuestras opiniones y nuestras creencias a las que nos agarramos como un clavo ardiendo. Pero estos tiempos, o a mí me lo parece, merecen tal vez que les prestemos más atención a las cosas que decían autores como Derrida, Barthes, o Foucault. ¿Es desde esa exclusión secreta desde la que nacen Trump o Bolsonaro? ¿Es la estructura que dice garantizar la libertad y la seguridad de la gente la que genera su propia desestabilización? ¿Ha dejado ya el sistema de ayudarnos a los ciudadanos y, simplemente, se está desmoronando? Porque parece claro que quien manda son las grandes corporaciones, y que los gobiernos y los estados son casi ficticios, poco más que series de televisión cuyos actores no saben que son ficticios y se creen personas influyentes. Y la gente está harta en todas partes. Slavoj Zizek cuenta, como si nada, que los grandes próceres de las libertades occidentales -los que degollaron limpiamente a los aristócratas franceses en la revolución- fueron, técnicamente hablando, terroristas. Me da miedo seguir escribiendo. Ahora que cómicos y raperos son susceptibles de ir a la cárcel y sienten el aliento de las masas odiándoles, creo que tenemos que volver a echarles un vistazo a estos franceses. No a los que degollaban aristócratas, sino a los pensadores del siglo pasado. Eran audaces: intentaban llegar al límite de lo que puede decirse, y eran conscientes de lo resbaladiza que es la verdad. No se achantaban ante ella.

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