Némesis, de Philip Roth

nemesisNo es fácil hablar de Némesis, la novela de Philip Roth, más que nada porque gente como J.M. Coetzee, entre otros, ya lo ha hecho de un modo admirable, con una visión amplia y reveladora. No encuentro ningún punto fuerte que no se haya dicho en las distintas reseñas que he leído: una desnudez retórica apabullante y eficaz, una fluidez que hace que la novela parezca una leyenda anónima pulida por el tiempo, un trabajo admirable de investigación histórica que no se nota ni traspasa, y acaso, por decir algo no tan bueno, una frustrante dureza en la fina capa de pesimismo sombrío que recorre el texto y que me dejó bastante más triste de lo que me hubiera gustado quedarme después de leerlo. También se han dicho cosas feas y gruesas: una miembro del jurado del Premio Booker, Carmen Callil, dimitió antes de dárselo a Roth. Alegaba que el escritor estadounidense lleva toda la vida hablando de lo mismo y que leerlo era como tenerlo sentado encima de tu cara, asfixiándote.

Yo diría algo sobre la culpa.

El protagonista, Bucky Cantor, es un joven que trabaja como profesor de gimnasia cuando estalla el brote de polio que mató a 19000 personas en los Estados Unidos durante el año 1944. Faltan 11 años todavía para que la ciencia encuentre una vacuna. Bucky, tras la angustia y el estrés que le provoca la muerte de algunos de los niños a su cargo, hace caso a su abuela y se toma un descanso. Viaja fuera de la ciudad y se encuentra con Marcy, su novia, que está trabajando también como maestra en un campamento de verano. Tiene motivos para encarar el futuro con alegría, pero algo no le cuadra. Le gana la inquietud: el hecho de no haber sido reclutado para la guerra a causa de su miopía le hace sentirse culpable. No haberse quedado en su barrio de Nueva York y haber huído a las afueras para evitar la polio también le hace sentirse culpable. Bucky Cantor es un personaje ferozmente susceptible al sentimiento de culpa. La polio, me parece a mí, es el correlato natural de la culpa. Lo que arrasa la vida de Bucky Cantor, al final, no es una enfermedad. Es ese sentimiento, la insufrible culpa judeocristiana: esa es la plaga de la que sigue hablando Roth después de 32 novelas y que seguimos sufriendo en nuestras vidas como una contracción ilocalizable dentro de nuestro cuerpo. Eso es lo que asfixia a Carmen Callil cuando lee sus libros. Lhasa de Sela, esa maravillosa voz que se nos fue tan joven, decia en una canción suya (La confession) que se sentía culpable por puro hábito. A Bucky Cantor le pasa lo mismo, solo que él ni lo sabe. Es un miembro paradigmático del pueblo judío: un pueblo que ha sido (casi) siempre víctima pero que no puede dejar de sentirse inherentemente culpable. Pero nadie es culpable de nada en la novela de Roth. Cada una de las personas que transmite la enfermedad es inocente. No puede evitar transmitirla. El mensaje básico de la novela, a mi entender, es que sentirte culpable -en oposición a serlo- sí que puede traerte problemas a ti y a los otros. Sentirte tú como factor o elemento separado de la naturaleza y de la especie (como pieza independiente del resto de universo, que hace las cosas bien o mal y cuyas acciones buenas o malas son realmente vinculantes y pueden salvar o matar) es justamente lo que te separa de la naturaleza y de la especie. Es ese sentimiento lo que hace que Bucky acabe como acaba. No la polio. Parafraseando a Alan Watts, que se pasó la vida intentando divulgar el pensamiento oriental en occidente y así echarnos una mano con nuestras neurosis judeocristianas: “Tú no caíste en el mundo como un ser separado: le brotaste como una ola brota del océano”. Watts desdice a Heidegger o a Schopenhauer. Nadie es “arrojado” al mundo: somos el mundo. Bucky Cantor es la polio, es Nueva York en 1944, es la guerra a la que no ha podido ir y es el pueblo judío buscando su lugar prometido. No tiene la culpa de nada. Pero eso él no lo sabe.

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