Sobre los huesos de los muertos, de Olga Tokarczuk

Si alguien me parara por la calle y me preguntara qué novelas deberían leerse en los institut978841663880os de enseñanza pública, pensaría: ¿en qué universo estoy? ¿He cruzado algún umbral espaciotemporal? ¿Estoy soñando? ¿He tomado una dosis demasiado alta de algo? ¿Mamá?, etc. Pero una vez sorteadas esas cuestiones, seguramente recomendaría Claudine en la escuela, de Colette, La presa, de Kenzaburo Oe, y Sobre los huesos de los muertos, de Olga Tokarczuk. La primera para pensar sobre nuestra sexualidad. La segunda para entender que dentro de cada uno de nosotros existe -incluidos los niños- un nazi en potencia. Y la tercera para recordar, de una vez por todas, que pertenecemos al reino animal. Que somos animales. Tres cosas que es mejor aprender cuanto antes.

Nuestra sociedad no se pregunta por el tipo de relación que mantiene con el resto de los animales. No lo bastante.

La protagonista de la novela es una señora mayor que vive en un pueblo de Polonia, cerca de la frontera con la República Checa. Ella sí se cuestiona lo que está haciendo su especie con las otras especies.

En cierto momento esa mujer habla de una vecina escritora, que pasa temporadas en el pueblo, y que tal vez sea un trasunto literario de la propia Tokarczuk, aunque no estoy seguro de eso. Dice de ella lo siguiente:

Si no la conociera tan bien, seguro que habría leído sus libros. Pero como la conocía bien, rehuía su lectura. ¿Qué haría si encontraba que me describía con palabras que me hubiera resultado imposible comprender? O que se refería a mis lugares preferidos, que para ella representan algo totalmente diferente de lo que son para mí. Las personas como ella, que manejan la pluma, pueden ser peligrosas. Inmediatamente pensamos que son hipócritas, que nunca se comportan con naturalidad, sino que nos observan de forma permanente y que todo aquello que ven lo transforman en frases.

Sí, los escritores convierten en frases lo que ven. Eso es lo que hacen. Y no solo lo que ven. Lo que sienten, lo que oyen, lo que piensan. Todo acaba siendo frases que rebotan contra la mente de los lectores.

La genialidad de Tokarzcuz está en su insistencia en no idealizar la propia escritura a la vez que la lleva al extremo de la sofisticación: reconocemos que la historia está contada de la mejor forma posible, una forma deliciosa, pero jamás podemos dejar de notar que lo importante no se acaba -ni siquiera empieza- ahí. No se trata de transformar nada en frases.

Escribir sólo para complacer al lector que se cree receptor de una literatura con mayúsculas -parece decir Tokarczuk con su estilo- es una farsa. Es como si Sebastião Salgado hubiera usado su potente y maravillosa cámara Leica para hacerse fotos de guiri delante de la Sagrada Familia o, como mucho, perfectamente iluminadas instantáneas del Machu Pichu o del agua cristalina de Indonesia en la que no cupieran, jamás de los jamases, ninguno de los problemas que sufren las personas que viven allí cerca. Un buen fotógrafo no idealiza su cámara ni el resultado de sus fotos: hace fotos vivas, que ponen al espectador a sentir. El que las mira tiene la prerrogativa de terminarlas, de darles sentido: no quedan cerradas.

Tokarczuk usa su Leica -el lenguaje- de la mejor manera: no hace fotos que son solo momentos congelados,  manipulados por la apertura del diafragma, la velocidad del disparador y todos esos trucos que conocen los fotógrafos: no hace “simples frases”. No manipula: nos abre a la realidad compleja de lo que existe. Nos deja el papel activo que le queda a nuestra especie: posicionarnos ante el mundo, sufrir su dolor, responder ante su dolor. Ese dolor es evidente en los animales que nos acompañan en el planeta. ¿Por qué no lo vemos? ¿Qué hay ahí que cuesta tanto de ver?

La escritura y el arte en general no son salvoconductos para solidificar la realidad, manufacturarla, envolverla, empaquetarla y entregarla por centenares de volúmenes a domicilio vía mensajeros mal pagados. O pueden serlo, pero no para Tokarzczuk. Ella nos dice: lector, lectora, ¡cuidado! No delegues tu visión crítica. No la regales. Ni a mí ni a nadie. Eso no es algo que se regale. No vendas por cuatro duros lo que es tuyo por derecho de nacimiento. No hace falta que te decantes siempre tan rápido. Lee y déjate sentir la pregunta que la lectura te hace. La respuesta es tuya. No te desprecies. El mundo entero quiere dictarte lo que tienes que pensar, pero aguanta un poco. Respira, siente. Lee.

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