{"id":379,"date":"2016-11-12T18:54:22","date_gmt":"2016-11-12T18:54:22","guid":{"rendered":"http:\/\/josemorella.com\/?p=379"},"modified":"2016-11-12T18:54:22","modified_gmt":"2016-11-12T18:54:22","slug":"el-camino-del-perro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/josemorella.com\/ca\/el-camino-del-perro\/","title":{"rendered":"El camino del perro, de Sam Savage"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align:justify;\"><img decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-383 alignright\" src=\"https:\/\/josemorella.com\/wp-content\/uploads\/2016\/11\/perro.jpg\" alt=\"perro\" width=\"293\" height=\"500\" srcset=\"https:\/\/josemorella.com\/wp-content\/uploads\/2016\/11\/perro.jpg 293w, https:\/\/josemorella.com\/wp-content\/uploads\/2016\/11\/perro-176x300.jpg 176w\" sizes=\"(max-width: 293px) 100vw, 293px\" \/>Esta novela habla, en principio, sobre artistas diletantes y sobre el peligro del diletantismo. Dicho peligro es m\u00e1s sutil de lo que parece. Si un artista es honesto consigo mismo se dar\u00e1 cuenta de que resulta tremendamente dif\u00edcil discernir si su arte se nutre de sus neurosis eg\u00f3ticas o de la necesidad genuina de comunicar o expresar. Por supuesto, la neurosis no es algo de lo que se salga para no sufrirla nunca m\u00e1s. Lo que ocurre casi siempre es que transitamos una y otra vez de la neurosis a la cordura, del deseo fr\u00edvolo de ser aplaudido al trabajo serio y humilde, al trabajo digno.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El camino del perro va de eso: de la dignidad o de su ausencia. Y no solo incumbe a artistas: todas las personas, en nuestra vida cotidiana -tratando con los otros, trabajando, estando con los amigos y con la familia- somos responsables de nuestra propia dignidad, de hasta qu\u00e9 punto forzamos la realidad para que se adecue a nuestros deseos y nuestros miedos o hasta qu\u00e9 punto trabajamos dignamente con ella sin querer imponer a toda costa el \u00abqu\u00e9 hay de lo m\u00edo\u00bb o el \u00abque no me toquen lo m\u00edo\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Los que escribimos sabemos de esto un rato. Tengo la sensaci\u00f3n de que la gente que tiene que leer este libro -los artistas megal\u00f3manos, los escritores de foto de cubierta con mano en la barbilla, los editores y marchantes de arte maquiav\u00e9licos y el resto de gente que se pasa mucho m\u00e1s tiempo maquinando que creando- no lo leer\u00e1n, o lo leer\u00e1n sin sentirse aludidos.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Harold Nivenson, el anciano protagonista, revisa su vida desde dos miradores: su cercan\u00eda con la muerte y su ol\u00edmpica misantrop\u00eda: \u00abDurante los fines de semana (las personas felices) se arraciman y apretujan en los jadines traseros y en los parques, sonriendo y meneando la cola como perros\u00bb. Los personajes mis\u00e1ntropos son maravillosos. Sin ellos la literatura quedar\u00eda hu\u00e9rfana, severamente achicada. Una de las ventajas de los cascarrabias es la distancia con la que miran el mundo. En el caso de Savage esa distancia ofrece a la voz narrativa una objetividad tangencial y deliciosa, a la vez que triste. Harold Nivenson -por eso es un personaje tan conseguido- no reserva la misantrop\u00eda a los otros: una de sus principales dianas es \u00e9l mismo. Su juventud y su madurez. La absurdidad de su tenaz vocaci\u00f3n por el \u00e9xito, por ser especial, por ser un escritor y un artista admirado, por rodearse de gente famosa y brillante.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Nivenson lleva toda la vida escribiendo anotaciones en trozos de papel que ahora encuentra por toda la casa: \u00abNo puedo abrir un libro sin que de \u00e9l no caiga alg\u00fan papel. No s\u00e9 qu\u00e9 era lo que esperaba conseguir.\u00bb Habla con la perspectiva que da el tiempo: eso que esperaba conseguir, fuera lo que fuera, ya no est\u00e1 al alcance. De hecho, Nivenson ni siquiera recuerda qu\u00e9 era aquello tan deseado.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Lo que cuenta la novela es poco, porque poco es lo que Nivenson hizo con su vida: a partir de una relativa fortuna familiar que no se gan\u00f3 \u00e9l mismo, se dedic\u00f3 a hacerse un peque\u00f1o nombre como marchante de arte y a mantener ilusiones de ser un gran escritor. Compr\u00f3 una casa que llen\u00f3 de cuadros. La casa fue atrozmente ocupada por gente que iba all\u00ed para estar con Meininger, el gran artista a quien Nivenson admir\u00f3 y esponsoriz\u00f3 de un modo est\u00fapido y casi delirante. Ese pintor irresponsable y suicida hizo lo que le dio la gana con \u00e9l, y \u00e9l se dej\u00f3. Meininger lo us\u00f3 de un modo ruin, sin contemplaciones, sin disimulos. Lo traicion\u00f3. A Nivenson lo perdi\u00f3 su af\u00e1n de notoriedad. Ser el mejor amigo de un supuesto genio de la pintura. As\u00ed desperdici\u00f3 su vida. La historia no tiene nada de especial. Lo valioso del texto es la minuciosidad del narrador para analizarla y la impresionante honestidad con la que se confiesa. Impresiona tanta lucidez. Es un comentario a la propia vida repleto de avisos para que el lector no desperdicie la suya. Son avisos no siempre evidentes, pero siempre certeros. El narrador, cuando nos habla, ha mudado ya muchas pieles de serpiente. Todos las mudaremos. Nuestra identidad cambiar\u00e1 y sufriremos, o nos resistiremos a cambiar y sufriremos m\u00e1s todav\u00eda. Nivenson nos avisa de las trampas que nos hacemos a nosotros mismos. Las disecciona. Son las peores trampas que hay. Es posible, de hecho, que sean las \u00fanicas que verdaderamente existen.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Nivenson, de joven, era ingenioso. Discut\u00eda de todo en las fiestas, las animaba, las colonizaba con su presencia encantadora. Era el foco de atenci\u00f3n. Su verborrea estaba pre\u00f1ada de una \u00ablisteza elevad\u00edsima\u00bb. La melancol\u00eda de la voz anciana del narrador recordando aquellas fiestas es punzante porque es l\u00facida. En realidad, el enorme esfuerzo por lucirse del joven Nivenson era pat\u00e9tico. Era -seg\u00fan el propio texto- hist\u00e9rico.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Nivenson vive en su casa, la casa que compr\u00f3 y de la que se considera esclavo, y en ella se convierte en una especie de anti-Walden. Su afilada inteligencia lo ve todo: comprende muy bien, sin necesidad de aislarse en la naturaleza como el personaje de Thoreau, en qu\u00e9 consiste la vida de gran parte de los habitantes de las sociedades modernas: la obsesi\u00f3n por el triunfo, la competitividad innecesaria, la carrera absurda hacia ning\u00fan lado.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">No reventar\u00e9 aqu\u00ed la imagen perfecta que Savage consigue de la instituci\u00f3n familiar a partir de la afici\u00f3n a hacer puzles. Es uno de los s\u00edmiles m\u00e1s eficaces que he le\u00eddo en una novela, y sirve de maravilla para explicar al personaje, o al menos para enmarcarlo en alg\u00fan sitio y entender tanto su inteligencia como su amargura.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El camino del perro es una novela sobre los sacrificios in\u00fatiles. Es extra\u00f1amente hermosa, casi hipn\u00f3tica, y si es le\u00edda con atenci\u00f3n dif\u00edcilmente queda uno indemne. Todos hemos hecho alg\u00fan sacrificio in\u00fatil alguna vez, y algunos de nosotros tal vez estemos dedicando nuestra vida entera a uno de ellos.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00abEl yo no es un hombre feliz\u00bb, dice Nivenson. En realidad, aunque no lo sepamos, no somos ese personaje que nos hemos creado y que va por el mundo pescando halagos o crey\u00e9ndose mejor que el resto de la gente. Somos otra cosa. Ese personaje, al final, como le pasa a Nivenson, nos cansa. Nos agota.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Esta novela habla, en principio, sobre artistas diletantes y sobre el peligro del diletantismo. Dicho peligro es m\u00e1s sutil de lo que parece. 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