Todos iremos al paraíso, de José Ángel Mañas

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Mujer. 40 tacos. Pija. Hija única. Amada por sus padres. Educada en la mejor escuela privada. Vida resuelta. No parece gustarle Podemos ni la gente sin clase, sea lo que sea lo que ella entiende por clase. Casada con un profesional de éxito. Madre de dos hijos. Psicópata. Así es Paz, el personaje que ha creado José Ángel Mañas en su última novela.

Lo que queda clarísimo leyendo el texto es lo complejo que puede llegar a ser un acto humano, y hasta qué punto nosotros mismos podemos ser ciegos para siempre a las verdaderas causas de nuestro comportamiento. La chispa que echa a andar el asunto es un percance de tráfico. A una familia burguesa (entiéndase esta palabra hoy en día como se quiera o se pueda) se le caen de la baca del vehículo, en plena autopista, cuatro bicicletas de montaña. Me parece magistral la manera en que Mañas da cuenta de por qué y cómo, después de discutirlo, deciden no volver a por ellas. En pocas líneas nos deja vislumbrar la asustadora sombra de esa aparente familia perfecta. El efecto dominó que provoca la decisión acabará en una serie de acontecimientos espeluznantes. Creo que la maestría está en lo siguiente: vemos cómo la mente individual de ambos miembros de la pareja elucubra y razona, y entendemos sus razones concretas, pero al mismo tiempo nos damos cuenta de que el verdadero motivo es mucho más amplio: está en la brutal falta de autenticidad de la familia desde su misma fundación. El infinito goteo de conversaciones no mantenidas, de frases no dichas, de supuestos, de soluciones fáciles, de miedos y mentiras, de tedio, de decepciones y de disimulación en que consiste esa familia tradicional, patriarcal, aburguesada, adinerada, clasista y sobre todo tremendamente aburrida. Ese es el motivo real de que no vuelvan a por las bicis. Todo me recuerda levemente a Pedro Almodóvar. Es decir, a cuando Almodóvar dejó de hacer pelis de lesbianas que ponían cachonda a la vecina de al lado meándosele encima y pasó a hacer pelis de redactores de El País que se enamoraban de mujeres de militares deprimidas porque su marido no les daba bola. Pero lo que pasa aquí es un poco más bestia.

La señora, en realidad, está loca de atar. Pero lo está sin estarlo. Está, por decirlo de algún modo, loca de no-atar. Su problema de salud mental es latente e invisible hasta que deja de serlo. Es decir, en su mente todo funciona de un modo normal. Cuando las cosas que empieza a hacer son rotundamente anormales, su tono no cambia. Ella las cuenta como quien ve llover. A un lector despistado se le pasaría el dato, tendría que volver atrás para certificar que ha leído lo que le parece que ha leído. Mañas te da lo justo para que tomes conciencia de lo que pasa, pero para que a la vez sigas la extrañamente poco delirante línea de razonamiento de la protagonista.

Me parece estupenda la elección, por cierto, del nombre del personaje. Paz. Lleva toda la vida empeñada en una paz ficticia, falsa, que se basa en evitar el conflicto en lugar de enfrentarlo. El tipo de neurosis que alimenta durante todos los días de su vida es el típico de la familia acomodada, falsamente liberal, que vive ajena a las duras realidades del mundo exterior por pura comodidad, por razones prácticas, casi por pereza. Paz es una extremista en su forma de no mirar la realidad: su matrimonio es hueco, su familia está hueca, su vida entera está hueca. Su patología tiene que ver con una especie de ley del mínimo esfuerzo espiritual o vital. Como persona, es puro envoltorio. Cuando llegan las vacaciones y todo se hace más difícil de ignorar, las chispas de esos incontables momentos de engaño explotan. El mal karma acumulado solidifica, le estalla en las narices y se lía la de dios.

Las vacaciones son la vuelta anual al pueblo de Sergio, su marido. El papel de la región en la novela no es trivial. A Paz le molesta que todos los parientes de Sergio defiendan a viento y marea su pequeña patria, los valores tradicionales, lo original, lo antiguo, lo auténtico, lo de toda la vida. Se da una pequeña pero constante guerra de gustos personales que deriva también en lo doméstico, como por ejemplo la elección de la decoración de la casa, que ella preferiría más moderna y Sergio prefiere más a tono con la tradición de las casas locales. Este chovinismo regional del gusto y de las pequeñas cosas es típico de una familia acomodada y desconectada, intoxicada de cierta moralidad pasiva, lacia, común en ciertos entornos profesionales de estos tiempos, cuya empatía está muy mermada por la rutina. Están ambos tan alienados que su relación se reduce a esas pequeñas batallas en las que el resto del mundo deja de existir. Puedes dejar, por ejemplo, unas bicicletas en medio de la autopista, poniendo en riesgo la vida de personas, simplemente por discutir o dejar de discutir con tu mujer. Es curioso que la psicología haya considerado el chovinismo un tipo de delirio de grandeza, una paranoia delirante.

El detonante de las bicicletas hace que ocurran más cosas, cada una más atroz que la anterior. Mañas consigue que el tono general del libro sea fiel a la operación de normalización de lo extraordinario que ejerce todo el tiempo la mente de Paz, pero sin dejar de darnos elementos objetivos para que, como lectores, veamos con claridad lo que está pasando. Lo que asusta de esta novela, y lo que la hace en mi opinión interesantísima, es que en ese espacio entre lo normalizado y lo normal, entre la neurosis de Paz y la visión más cuerda que Mañas delega de un modo sabio en el lector, brota cierta intuición sobre la casi imposibilidad de saber, a priori, quiénes de nosotros, con nuestras humildes y pequeñas rutinas de andar por casa, podría acabar explotando como ella.  Montando una sangrienta película gore con su propia vida, y demostrando de paso una frialdad espeluznante y banal, digna de la explicación que Hannah Arendt nos dio de las barbaridades cometidas por los nazis. Quiénes de nosotros podríamos ir, también, al paraíso.

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Cronomoto, de Kurt Vonnegut

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“Que alguien me pegue un tiro mientras soy feliz”, escribe Kurt Vonnegut en Cronomoto. A Vonnegut le cuesta horrores la felicidad, pero la ha vivido y la recuerda. Ha disfrutado de una una vida digna de vivirse (sólo el 17% del a población mundial, según sus cálculos, puede decir lo mismo) y al mismo tiempo ha sufrido una tristeza congénita: “Soy un monopolar depresivo que desciende de monopolares depresivos. Por eso escribo tan bien”.

En Cronomoto ya está Vonnegut un poco de vuelta de todo, bastante mayor y, según él mismo confiesa, sin mucha energía para escribir. Hace, pues, lo siguiente: abandona una novela en la que lleva diez años escribiendo y la refríe. Se pone a meter tijeretazos y la transforma en otra cosa. De ese modo, lo que leemos aquí -llamémosle novela o como nos dé la gana- es algo tan simple como el señor Vonnegut contándonos su novela no escrita como quien te cuenta una peli tras salir del cine. La explicación está trufada, además, de cualquier otra cosa: su juventud, su abuelos y sus tíos, sus ideas, sus exmujeres, sus hijos, sus reflexiones, sus asombros, sus lecciones aprendidas, sus manías, sus confesiones, su madre suicida o su amor por el socialismo. Se relaja y, en suma, se lo pasa de fábula. Y nosotros también leyéndolo.

Lo que pasaba en la novela inacabada era lo siguiente: el 13 de febrero de 2001 un terremoto de tiempo azota el universo, empujando a todos los seres diez años atrás, hasta el 17 de febrero de 1991. Durante esos diez años se da “la resposición”. Todo el mundo repite exactamente sus últimos diez años sin poder cambiar nada. Se vive sin voluntad propia. No puedes “salvar tu propia vida o la de un ser querido si no lo habías hecho la primera vez”. En 2001, cuando concluyen los efectos del seísmo, volvemos a tener libre albedrío. Pero es difícil volver a usarlo por la falta de costumbre. El raro héroe que está allí para ayudar a la humanidad es, cómo no, Kilgore Trout, el escritor vagabundo de ciencia ficción que goza más de destruir sus cuentos que de publicarlos y que todos los lectores de Vonnegut conocen de otras novelas suyas.

El libro está escrito en viñetas, y por lo tanto hay que leerlo como un cómic. Vonnegut es el mismo de siempre, pero algo cansado. Va más suelto. Eso nos da cosas y nos las quita. La trama importa poco, se derrite en nuestros ojos. Lo que se dice entremedio de la trama es lo que importa. Este libro es un cómic-conferencia, una tarde en un bar con un hombre muy rápido de mente, con la guardia muy baja y, sobre todo, muy tierno. Vonnegut se pasó toda la vida escribiendo libros para decirnos que los humanos somos tiernos, y que todos los problemas del mundo -las bombas en Hiroshima y Nagasaki- se producen cuando nos olvidamos de nuestra propia ternura. Y nuestra ternura está inevitablemente mezclada con el humor y la amabilidad hacia nosotros mismos. Escribir es para Vonnegut trabajar sin descanso para hacer libros que nos hagan reír y que nos recuerden en qué consiste ser humanos, puesto que lo olvidamos constantemente. Se trata de ser subversivo a base de dulzura. La única manera, en mi humilde opinión, en que podemos ser subversivos sin reproducir los patrones inconscientes de agresión y dominación de los que adoran ser poderosos. Todos los subversivos que han alcanzado puestos de poder y han logrado mejorar el mundo lo han hecho desde ese corazón roto y tierno que sabe reírse de sí mismo. Stalin, eso Vonnegut lo sabía muy bien, no tenía el más mínimo sentido del humor.

Vonnegut fue un socialista hasta el fin de sus días. Cita, una vez más, a Eugene Debs: “Mientras haya una clase baja, perteneceré a ella. Mientras haya delincuencia, seré parte de ella. Mientras haya un alma en prisión, no seré libre”. Eugene Debs fue cinco veces candidato socialista a la presidencia de los Estados Unidos, y lo encerraron por echar discursos brillantes y llenos de compasión. Es el personaje sobre el que los americanos no se atreven a hacer una de esas series de televisión de calidad que hacen ahora. Heywood Broun, un famoso periodista, dijo de él: “ese viejo con los ojos encendidos cree en serio que puede haber algo parecido a una hermandad humana. Pero lo más raro no es eso: es que cuando lo tengo cerca, lo creo yo también.” A mí me parece que todos los libros de Vonnegut, del primero al último, han sido escritos para encender en los ojos de los lectores el mismo fuego que había en los de Eugene Debs.

En Cronomoto lo bueno se encuentra encerrado en multitud de cosas malas. Se habla durante paginas de gente que no quiere vivir y, sin condenar en absoluto sus suicidios o sus malas decisiones, el texto se convierte una celebración de la vida. Es desgarradora -sin que Vonnegut la escriba con desgarro- la relación con su hermana, muerta a los 41 años. Las pequeñas anécdotas que hacían esa relación auténtica. Todo lo auténtico se puede contar como algo pequeño. Si no se puede, no es auténtico. Un pariente de Vonnegut repetía la frase “si esto no es agradable, ¿qué lo es?” cada vez que la vida le sonreía. Lo sencillo es mágico. El suicidio y la alegría son dos manifestaciones palpitantes de lo mismo, del asunto extraño este de estar vivos pululando por el planeta.

De golpe, además, nos llegan sus ramalazos de inteligencia radical. No hay que desvelarlos en una reseña, pero podemos anunciarlos. ¿Qué tienen que ver Hitler y Édith Piaf? Vonnegut tiene un tremendo oído para enlazar lo que no parecía susceptible de ser enlazado. Lo caza al vuelo y nos lo pone delante de las narices.

El texto es un constante chorro de anécdotas e ideas. A mí, por ejemplo, me impactó que una de las enmiendas que el autor propone a la constitución americana sea un ritual de paso obligatorio para todos los adolescentes. Una fiesta en la que se celebrará que ya son co-responsables de lo que ocurre en la sociedad. En un mundo en la que los rituales tradicionales han sido sustituidos hace tiempo por las compras, y los templos por centros comerciales, resulta impactante la claridad y sencillez de la propuesta de Vonnegut. También introduce la idea de que el Estado haga lo posible por que a todos nos echen de menos al morir. Esto es imposible, según Vonnegut, sin familias extensas como la suya. Tener una familia extensa te salva de todo y te da sentido. Te salva de la tecnología, de la alienación, del olvido, de la depresión monopolar. El decrecimiento que nos salvará de esta monstruosidad de consumo en la que vivimos no vendrá teniendo menos hijos, sino teniendo más y dándoles todo eso que los gadgets, las compras sin pausa y el estúpido entretemiento eterno no pueden darles. La chispa en los ojos de Eugene Debs, de Kurt Vonnegut y de los cientos de miles de personas que aman sus libros.

Croatoan, de José Carlos Somoza

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Hay que ser osado para escribir una novela apocalítica de intriga en los tiempos que corren. Ambas cosas -el fin del mundo y la falta de piezas informativas que sirva de cebo a los lectores para llegar hasta el final de los libros- abundan en cantidades inasumibles para nosotros en novelas, películas, series, cómics, memes de Internet, chistes, conspiraciones y cotilleos de vecindario. El motivo principal de este exceso es nuestra invisible -de tan ubicua y generalizada- adicción al entretenimiento. A que pasen las horas y lleguen otras horas y así sucesivamente hasta por fin morirnos. Y no hay muchas cosas mejores para entretenerse del miedo a la propia muerte que una buena intriga y un buen escenario apocalíptico. Total: Jose Carlos Somoza es valiente por el sólo hecho de intentar que esta historia sobresalga. Pero es que además lo consigue.

Tengo que reconocer que no soy lector de ciencia ficción. Aparte de algunos clásicos como Philip K. Dick y Aldous Huxley, no he leído demasiado. Lo último que leí relacionado con el fin del mundo es La carretera, de Cormac Mccarthy, y ya hace unos años de eso. No soy lo que se suele llamar un amante del género. No sé si les gustará mucho Croatoan a los que se reconocen en esa expresión, pero a mí sí me ha gustado. Puede que tenga algo que ver el hecho de que se trate de un texto que se pasa bastante por el forro varios los elementos tradicionales del género: es una novela de zombis donde no hay técnicamente zombis, y un fin del mundo en el que el mundo no se va: nosotros nos vamos. El mundo sigue aquí, haciendo esa cosa, sea cual sea, que se dedica a hacer o dejar de hacer. Leyendo la novela me he acordado mucho de un monólogo del genial George Carlin sobre nuestras relaciones con el planeta que no tiene desperdicio.

He disfrutado leyendo Croatoan, y entre las razones de ese disfrute está el hecho de que Somoza no se toma la ciencia a risa. No frivoliza con ella. Siempre he pensado que la literatura ganaría mucho de una relación más potente con la ciencia, que ya es, en sí misma, tremendamente poética. De hecho la sensación de piel de gallina que la poesía provoca es muy similar a la que se tiene a poco que uno se sumerja en la ciencia e incluso en la tecnología. La biología, la física, la matemática, incluso la programación informática, disciplinas todas que pueden darnos un latigazo poético, muy personal e intenso, de gran belleza. A mí me parece bella la forma en que Somoza nos planta en su novela la teoría del interconductismo (mi curiosidad me llevó a enterarme de la existencia de J.R. Kantor y a leer varias cosas en Internet entendiendo algo así como el 10% de ellas), y cómo consigue, sin soltar ningún rollo académico ni interferir en el flujo de las peripecias de los personajes, que tengamos un vislumbre de comprensión que nos ayude a seguir con el libro en las manos, convencidos de que el vuelco de acontecimientos del que nos está hablando el texto es verosímil. La ciencia y la literatura tienen una relación a veces extraña con la verosimilitud, pero Somoza no tiene problema en patinar por ese hielo frágil y quebradizo sin accidente alguno.

En Croatoan ocurre algo parecido a esto: un etólogo llamado Mandel escribe un correo electrónico a distintas personas, en el que sólo aparece la palabra croatoan. El mensaje está programado para llegar dos años después de la muerte del mismo Mandel. Croatoan es la misma palabra que quedó grabada en un árbol en 1590, cuando un pueblo entero de los Estados Unidos desapareció de repente sin dejar rastro. A partir de ahí, los destinatarios de ese e-mail intentarán salvar el pellejo, y para ello tratarán de entender lo que está pasando. Por qué la vida tal y como la conocemos está dejando de existir en todo el globo. Qué significa el mensaje de Mandel, y qué papel tienen ellos en todo eso. En todo el mundo han empezado a pasar cosas aterradoras.

Se pasa miedo leyendo. Mucho.

“Muchas veces no sabemos por qué hacemos lo que hacemos”. Esa es, para mí, la frase clave del texto. No quiero estropear ninguna sorpresa, pero una vez entendida (o no entendida) la teoría mandeliana, lo que se abre ante nosotros es un abanico de preguntas basadas en el hecho de que todo lo que hemos estado creyendo sobre nuestras vidas y sobre nuestra historia sea una ilusión. El libre albedrío y el determinismo conductual fundamentan la inquietante columna sobre la que se sostiene toda la ficción. Este es un gran acierto de Somoza. Un tema como el libre albedrío, que recorre transversalmente la historia del pensamiento -y no sólo del occidental- convierte cada intercambio entre los personajes, cada descuerdo, cada afecto, cada tensión y distensión, cada diálogo, en un disparadero de preguntas y más preguntas. Para el que le guste hacérselas, claro. Para quien no, la trama basta: da miedo y entretiene de un modo más que eficaz. No se cae de las manos en ningún momento. Que no teman los ansiosos, ni los poco entusiastas de la filosofía y de la metafísica.

Somoza apunta muchas cosas que quedan asomando, sugiriéndose: el tema de la violencia sobre las mujeres planea casi todo el tiempo sobre el texto. Las relaciones entre Estado e individuo -gracias a la situación límite que se plantea en el libro- aparecen nítidas y con toda su crudeza. Lo que llama la atención es que los conflictos que acaban reflotando y sobreviviendo en ese estado del mundo son, de una manera casi siniestra, las mismas que en el mundo real, que en el mundo nuestro. Las fuerzas que nos empujan a actuar o dejar de hacerlo no cambian ni en el último instante. Incluso la compasión, congénita a los humanos, florece casi como un mandato. En ese modo radical de vivir -un presente continuo a fuerza de intensidad- un segundo es suficiente para pasar de la agresión a la compasión, y el paradigma de lo cuerdo y lo que deja de serlo puede hacerse añicos en menos que canta un gallo. En definitiva, Croatoan es un libro estupendo. Tal vez menos ambicioso, desde el punto de vista literario (ehem), que otros trabajos de Somoza, pero sin duda alguna aterrador, sorprendente y luminoso.

Contra aquellos que nos gobiernan, de Lev Tolstói

CONTRA_AQUELLOS_QUE_NOS_GOBIERNAN-350x562Mi abuelo era campesino. La parcela le daba lo justo y sus hijos prefirieron emigrar a zonas turísticas. No fueron los únicos. Miles como ellos se fueron a los hoteles de la costa a echar 14 o 15 horas al día. Ahí exprimieron las energías de su juventud. Conocieron el estrés y el ambiente jerarquizado del trabajo moderno. Los motivos por los que tanta gente eligió lo mismo son complejos, pero podrían resumirse groseramente con la palabra esperanza. El capitalismo hace una cosa muy bien: prometer. Se cae en el espejismo de que no estamos completos y necesitamos algo que se supone que está en algún otro sitio. Pero ¿y si la libertad fuera justamente vivir sin esperar nada? La esperanza hace que colaboremos en la construcción de un mundo basado en el uso de unos recursos finitos como si fueran infinitos. Hasta que el planeta se engripe y nos elimine -ya lo está haciendo- como quien suda una fiebre. El poder se mantiene, no sólo en los sistemas capitalistas, a base de expresar constantemente una promesa que no se actualiza. Este libro que recomendamos hoy versa sobre la naturaleza de dicha promesa.

Tolstói ya sabía que a mucha gente todo esto le parece un rollo de paranoicos, pero eso se la traía al pairo porque era un grande. Su grandeza, como la de otros atrevidos pacifistas, descansa en la capacidad de no tomarse las cosas de un modo personal. Sabía que sus críticos no tenían mala fe. Es simplemente que tenemos miedo a perder lo que hemos invertido en el sistema, por poco que sea. Nuestros privilegios. El miedo es más humano que el comer. Miedo del caos y el desorden. Del -literalmente- desgobierno. La generación de mis padres en la España del tardofranquismo lo apostó todo a una forma de vida absolutamente nueva -dejar el campo, que para Tolstói era sinónimo de salud y cordura- sin tener idea cabal de adónde se estaban arrojando. La apuesta es tan grande que, una vez hecha, cuesta ver con claridad. Más vale hacerse los suecos. No leer libros como este. No escuchar el mensaje siguiente: para que todos seamos más felices hay que tener menos. Esa generación creció con poco, y por eso el mensaje les cuesta. Yo crecí con algo más y también me cuesta. Eso sí, Tolstói entiende por riqueza algo muy distinto a lo que comúnmente se entiende. Para él la prosperidad no va ligada a la acumulación.

Si yo lo abandonara todo y me pusiera a trabajar la tierra tendría que aprender mucho. Pasaría horas al sol o al viento, horas que hoy paso leyendo, escribiendo, trabajando en aulas cerradas y tomando cafés o cervezas en bares. Enormes privilegios. Si lo pienso mucho siento pánico. Hay que reconocer el pánico y atreverse a quedarse un momento en él, porque cuando aparece suele rondar cerca alguna verdad. La verdad y el miedo son primos hermanos. Es más fácil olvidarse, encender un liadito, pillar alguna cosa de la nevera, mirar algo en el youtube.

El estilo del libro es sencillo, casi panfletario. El inicio es brutal e inequívoco. Tolstói habla con unos estibadores de puerto y les pregunta por sus condiciones de vida. Se te cae el alma a los pies. Podemos hacer la vista gorda, pero todo eso existe aún. En los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros) no hay ningún Australiano ni ningún Suizo. Los chatarreros negros que veo por mi barrio trabajan en condición de esclavos. La esclavitud se ilegalizó hace tiempo, pero ningún policía les prohíbe trabajar. Este libro me parece igual de necesario que cuando fue escrito.

Las causas de la esclavitud, nos dice el autor, son las leyes humanas. La propiedad privada de la tierra, que hoy parece casi natural, no lo es. Nació con la usurpación de los conquistadores. La función primera de la propiedad privada fue apoderarse de lo ajeno. Robar a los indígenas porque sí. Los indígenas americanos no eran pobres ni ricos (esa neurosis es la nuestra). Me impresiona la claridad con la que este libro expone que la ciencia económica sirve para oscurecer. Todo sigue igual. David Suzuki, a quien recomiendo desde aquí, lo explica bastante mejor que yo.

“Los hombres verdaderamente civilizados preferirán siempre viajar a caballo en lugar de servirse de las vías férreas”, dice Tolstói. Esto puede sonar cándido, pero parece claro que para que todos tengamos nuestros cachivaches -para poder cambiar de móvil cada dos años, lo que sería el equivalente actual del ferrocarril de Tolstói-, hay gente que lo está pasando mal en lugares inhumanos. Lo civilizado sería pues lo contrario del progreso, o un nuevo progreso que vaya hacia atrás. Ser lindos retrógrados. Regresar como forma de avance. Decrecer. Trabajar en cosas que nos hagan sudar y no acordarnos de nuesteros gadgets. El cómico estadounidense Louise C.K. explica que en la acción de poner delante de nuestros hijos un móvil para grabar una tierna obra de teatro escolar nos estamos perdiendo la realidad directa, que es en HD por naturaleza: la alta resolución nos vive en los ojos y nos la perdemos a pesar de que -C.K. lo tiene claro- a nadie le importa un bledo el vídeo de tu hija cantando a lo Beyoncé. Da igual cuántos “me gusta” se acumulen cuando lo pones en facebook. No te importa ni a ti. De hecho, cuando pasó te lo perdiste.

Tolstói sobre las leyes: “dan a quienes las hicieron, siempre que sean violadas, el derecho de enviar a hombres armados para detener al transgresor, encerrarlo y, llegado el caso, matarlo.” Esta agresión no es natural. No nace de un enfado o de una reacción defensiva. Es violencia fría y organizada. La violencia organizada es clave en el pensamiento de Tolstói. Es a la vez lo que asegura la ejecución de la ley y lo que otorga el poder de legislar. Eso incluye a nuestras democracias. Total: este libro es indigerible para muchísima gente.

La vía es la resistencia no violenta. El sermón de la montaña que Tolstói tanto admiraba. Luther King. Thich Nhat Hanh. El compromiso con la no agresión. El poder es muy astuto: los medios de comunicación pueden pasar durante días imágenes de adolescentes quemando un contáiner de basura y estar años sin siquiera acercarse a las condiciones de los trabajadores que hacen nuestra ropa o empaquetan nuestra comida. Cualquier agresión desde cualquier lado va siempre a favor de la injusticia. Las soluciones han de ser pacíficas y radicales: no pedir nunca que el Estado te garantice la propiedad de nada. No pagar impuestos a ningún gobierno (esto suena a chiste hoy en día; los chascarrillos son bienvenidos). Tolstói no pide, por supuesto, perfección ni santidad. Admite grados. Lo importante es no devolver el golpe. No participar en violencia alguna por acción u omisión. Eso es lo imprescindible, lo mínimo. Luego vendrá el contentarse con perder privilegios y dinero. Aprender a sudar y a ser felices al mismo tiempo. Fácil, ¿no?