El camino del perro

perroEsta novela habla, en principio, sobre artistas diletantes y sobre el peligro del diletantismo. Dicho peligro es más sutil de lo que parece. Si un artista es honesto consigo mismo se dará cuenta de que resulta tremendamente difícil discernir si su arte se nutre de sus neurosis egóticas o de la necesidad genuina de comunicar o expresar. Por supuesto, la neurosis no es algo de lo que se salga para no sufrirla nunca más. Lo que ocurre casi siempre es que transitamos una y otra vez de la neurosis a la cordura, del deseo frívolo de ser aplaudido al trabajo serio y humilde, al trabajo digno.

El camino del perro va de eso: de la dignidad o de su ausencia. Y no solo incumbe a artistas: todas las personas, en nuestra vida cotidiana -tratando con los otros, trabajando, estando con los amigos y con la familia- somos responsables de nuestra propia dignidad, de hasta qué punto forzamos la realidad para que se adecue a nuestros deseos y nuestros miedos o hasta qué punto trabajamos dignamente con ella sin querer imponer a toda costa el “qué hay de lo mío” o el “que no me toquen lo mío”.

Los que escribimos sabemos de esto un rato. Tengo la sensación de que la gente que tiene que leer este libro -los artistas megalómanos, los escritores de foto de cubierta con mano en la barbilla, los editores y marchantes de arte maquiavélicos y el resto de gente que se pasa mucho más tiempo maquinando que creando- no lo leerán, o lo leerán sin sentirse aludidos.

Harold Nivenson, el anciano protagonista, revisa su vida desde dos miradores: su cercanía con la muerte y su olímpica misantropía: “Durante los fines de semana (las personas felices) se arraciman y apretujan en los jadines traseros y en los parques, sonriendo y meneando la cola como perros”. Los personajes misántropos son maravillosos. Sin ellos la literatura quedaría huérfana, severamente achicada. Una de las ventajas de los cascarrabias es la distancia con la que miran el mundo. En el caso de Savage esa distancia ofrece a la voz narrativa una objetividad tangencial y deliciosa, a la vez que triste. Harold Nivenson -por eso es un personaje tan conseguido- no reserva la misantropía a los otros: una de sus principales dianas es él mismo. Su juventud y su madurez. La absurdidad de su tenaz vocación por el éxito, por ser especial, por ser un escritor y un artista admirado, por rodearse de gente famosa y brillante.

Nivenson lleva toda la vida escribiendo anotaciones en trozos de papel que ahora encuentra por toda la casa: “No puedo abrir un libro sin que de él no caiga algún papel. No sé qué era lo que esperaba conseguir.” Habla con la perspectiva que da el tiempo: eso que esperaba conseguir, fuera lo que fuera, ya no está al alcance. De hecho, Nivenson ni siquiera recuerda qué era aquello tan deseado.

Lo que cuenta la novela es poco, porque poco es lo que Nivenson hizo con su vida: a partir de una relativa fortuna familiar que no se ganó él mismo, se dedicó a hacerse un pequeño nombre como marchante de arte y a mantener ilusiones de ser un gran escritor. Compró una casa que llenó de cuadros. La casa fue atrozmente ocupada por gente que iba allí para estar con Meininger, el gran artista a quien Nivenson admiró y esponsorizó de un modo estúpido y casi delirante. Ese pintor irresponsable y suicida hizo lo que le dio la gana con él, y él se dejó. Meininger lo usó de un modo ruin, sin contemplaciones, sin disimulos. Lo traicionó. A Nivenson lo perdió su afán de notoriedad. Ser el mejor amigo de un supuesto genio de la pintura. Así desperdició su vida. La historia no tiene nada de especial. Lo valioso del texto es la minuciosidad del narrador para analizarla y la impresionante honestidad con la que se confiesa. Impresiona tanta lucidez. Es un comentario a la propia vida repleto de avisos para que el lector no desperdicie la suya. Son avisos no siempre evidentes, pero siempre certeros. El narrador, cuando nos habla, ha mudado ya muchas pieles de serpiente. Todos las mudaremos. Nuestra identidad cambiará y sufriremos, o nos resistiremos a cambiar y sufriremos más todavía. Nivenson nos avisa de las trampas que nos hacemos a nosotros mismos. Las disecciona. Son las peores trampas que hay. Es posible, de hecho, que sean las únicas que verdaderamente existen.

Nivenson, de joven, era ingenioso. Discutía de todo en las fiestas, las animaba, las colonizaba con su presencia encantadora. Era el foco de atención. Su verborrea estaba preñada de una “listeza elevadísima”. La melancolía de la voz anciana del narrador recordando aquellas fiestas es punzante porque es lúcida. En realidad, el enorme esfuerzo por lucirse del joven Nivenson era patético. Era -según el propio texto- histérico.

Nivenson vive en su casa, la casa que compró y de la que se considera esclavo, y en ella se convierte en una especie de anti-Walden. Su afilada inteligencia lo ve todo: comprende muy bien, sin necesidad de aislarse en la naturaleza como el personaje de Thoreau, en qué consiste la vida de gran parte de los habitantes de las sociedades modernas: la obsesión por el triunfo, la competitividad innecesaria, la carrera absurda hacia ningún lado.

No reventaré aquí la imagen perfecta que Savage consigue de la institución familiar a partir de la afición a hacer puzles. Es uno de los símiles más eficaces que he leído en una novela, y sirve de maravilla para explicar al personaje, o al menos para enmarcarlo en algún sitio y entender tanto su inteligencia como su amargura.

El camino del perro es una novela sobre los sacrificios inútiles. Es extrañamente hermosa, casi hipnótica, y si es leída con atención difícilmente queda uno indemne. Todos hemos hecho algún sacrificio inútil alguna vez, y algunos de nosotros tal vez estemos dedicando nuestra vida entera a uno de ellos.

“El yo no es un hombre feliz”, dice Nivenson. En realidad, aunque no lo sepamos, no somos ese personaje que nos hemos creado y que va por el mundo pescando halagos o creyéndose mejor que el resto de la gente. Somos otra cosa. Ese personaje, al final, como le pasa a Nivenson, nos cansa. Nos agota.

La infancia de Jesús

infanciajesusLeo La infancia de Jesús, de J.M Coetzee, como una depuración narrativa de ideas más vividas que pensadas. Coetzee capta las sutilezas con que los sistemas de poder atrapan a la gente, las reglas complejas e injustas que cimientan nuestras comunidades. El tema que inunda el texto es la burocracia. El protagonista es un refugiado o inmigrante llamado Simón, que durante su viaje al primer mundo ha recogido a un niño perdido, David, a cuya madre tratará de encontrar. Toda la novela muestra a los protagonistas -la “madre” que Simón encuentra, los amigos que hace, la gente que conoce- en lugares que tienen por un motivo u otro tintes burocráticos: residencias para extranjeros, centros de internamiento donde te enseñan la lengua del país antes de que cruces la frontera, oficinas, escuelas, pisos para trabajadores que hacen pensar en celdas de monasterio… No aparece en todo el libro eso que entendemos por una casa, como en la frase “estar en casa”. No hay hogares sino alojamientos. Techos y paredes que contienen una cama y una mesa y una silla. La burocracia lo baña todo y deja de ser un conducto o una serie de conductos que se usan para llegar a otro sitio. Esos pasillos son el nuevo sitio. El país nuevo. Se vive de modo crónico en ese pasadizo.

Todo el mundo parece sugerirle a Simón que hay que olvidarse de la identidad que tuvimos. Olvidar es urgente e importantísimo. Simón ya no recuerda apenas los detalles de su vida, pero su cuerpo o su alma piden una compañera, momentos de ternura, sexo, dulzura, amor. David tampoco parece adaptarse. Es visto por todos como especial. La infancia de Jesús del título está tensando la cuerda del sentido constantemente. No aparece Jesucristo en la novela ni se habla -en principio- sobre religión, pero el tono aséptico y distópico del libro nos hace pensar en la necesidad de una gran revelación espiritual venidera que no tendrá que ver con milagros ni con gente que resucita y sube al cielo ni con nada esotérico del estilo, pero sí, posiblemente, con el Jesús cabreado como una mona que entra a gritos al templo y se pone a levantar los tenderetes de los mercaderes por los aires y a cantarles las cuarenta a todos a grito pelado. La ira compasiva y lúcida, casi revolucionaria, de la que hoy no nos hablan demasiado desde la conferencia episcopal: esos están más por la distopía burocrática que por otra cosa.

En un momento dado Simón y David van al fútbol con Álvaro, el jefe de Simón. No hay que pagar entrada porque es un partido de división regional. El niño dice que tiene hambre, pero Simón no tiene dinero. Le contesta que intente entretenerse con el partido. Que entretenga su propia hambre. Este modo aparentemente sencillo con el que Coetzee se aproxima a la necesidad es eficacísimo: yo, occidental no inmigrante, tengo asociado ver fútbol con estar picoteando con displicencia algo de comida. La tristeza que me dejó leer este trecho es duradera. Pasan los días y no me la sacudo de encima.

Algo que me impresiona es el modo en que Simón insiste en educar a David sin mentirle jamás, y cómo eso llega a parecerles a los demás algo extremo y subversivo. Uno no tarda en darse cuenta de que Coetzee no persigue explicar o hacer entender al lector cómo debe ser la educación o la crianza. No es un moralista. Lo que persigue es que veamos cómo realmente es. No es que quiera reformar la escuela: quiere que veamos lo que la escuela es desde los cimientos. Lo que hacen los padres y los enseñantes sin darse cuenta. La burocratización de la propia vida. No se pierdan, si leen la novela, la conversación que el niño y su tutor tienen sobre la mierda junto a un inodoro. Qué diálogo tan lúcido y tan difícil. Hablar con un niño es hablar lúcido o no decir nada.

David es obligado a ir a un colegio para niños especiales porque no acepta la autoridad del profesor. En la escuela ya pasa lo que pasa fuera: todo el mundo debe adaptarse a los moldes para que así la sociedad no tenga que sufrir ni el mínimo conflicto o tirantez. Es decir, la sociedad está muerta. Si cada vez que un niño inteligente desafía a su profesor lerdo hay que hacer intervenir a las autoridades y encerrar al niño en un colegio especial, estamos ante el fin de la civilización. La infancia de todos los niños es la infancia Jesús.

Complejo y brutal

sassenEn cuanto supe de Saskia Sassen -la escuché en un vídeo de Internet hablando sobre los refugiados- me di cuenta de que tenía que leerla para ganar perspectiva sobre mi mundo. Ella, como otros pensadores contemporáneos (pienso en Zygmunt Bauman, David Suzuki o Franco Berardi) me ayudan a no seguir escribiendo historias sobre el pasado pensando que escribo sobre el presente. En aquel vídeo Sassen hablaba sobre el contraste entre ser un refugiado antes y ahora. Tradicionalmente, los refugiados se marchaban en busca de una vida mejor y soñaban con regresar algún día. Ahora no tienen un país al que volver, y lo que persiguen no es vivir mejor sino sólo vivir (better life vs bare life). No piden más que eso. Permancer respirando en algún lugar del planeta. Eso no es un inmigrante, dice Sassen. Es otra cosa.

El título del libro ya lo deja bastante claro: Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global. La tesis que defiende es que si en otros momentos la desigualdad se alimentaba de incorporar gente al sistema, ahora se basa en expulsarla. El keynesianismo incorporó a las clases desfavorecidas como consumidores de todo tipo de productos y frivolidades antes reservadas a las clases medias y altas. Pero ahora el paradigma ha cambiado, y el sistema económico se alimenta de expulsar de un modo atroz mediante complejas artimañas financieras a grupos de personas, especies animales, reservas de la naturaleza y cualquier otra cosa imaginable. Un ejemplo conocido de todos nosotros es la crisis inmobiliaria que provocó, atención al dato, 360.000 desahucios sólo en España entre 2008 y 2014. Esta devastadora expulsión de personas se gestó mediante alta ingeniería financiera, o lo que yo llamo -que no Sassen- estafa y robo. Es una intriga urdida entre diferentes grupos interesados: la industria inmobiliaria, los bancos, los grupos de inversión. Gente que se ha dado cuenta de que expulsando se gana infinitamente más que incluyendo. Si para conseguirlo hace falta atraer a millones de personas a las oficinas del banco y hacerles creer que podrán pagar préstamos millonarios con sueldos miserables, no hay problema.

Este nuevo sistema económico no sólo expulsa gente, sino culturas enteras. Los recursos naturales de muchos lugares del mundo, como por ejemplo la vasta región del Tíbet, valen mucho más para la lógica económica imperante que las gentes y las costumbres que viven en ellos y de ellos. La cultura tibetana de conservación de la naturaleza y de respeto por el hábitat está siendo arrasada sin que nadie diga nada sobre ello. El gobierno chino no le da cuentas a nadie al respecto, y las empresas que usan los recursos de la región, claro está, mucho menos aún.

Este cambio de paradigma es postnacional e incluso postideológico. Como señala Sassen en la introducción, es posible que países tan distintos como China y Estados Unidos “alberguen grandes lógicas contemporáneas que organizan la economía, principalmente las finanzas impulsadas por la especulación y la búsqueda de hiperbeneficios. Esos paralelismos, y sus consecuencias para la gente, los lugares y las economías, bien podrían resultar mucho más significativos para entender nuestros tiempos que las diferencias entre comunismo y capitalismo.” Ya no son gobiernos, partidos políticos o empresas concretas los campeones del fomento de la desigualdad. Donde antes había élites, ahora hay ubicuas e invisibles “formaciones predatorias”, una “combinación de élites y capacidades sistémicas con las finanzas como posibilitador clave”.

Más ejemplos de expulsión:

-La privatización de la gestión las cárceles en gran parte del mundo. Favorece la expulsión de la sociedad, en masa, de reclusos que pasan encerrados más tiempo que antes. Hay jueces que aceptan sobornos de esas cárceles privadas para alargar penas de prisión que enriquecen a los empresarios. Esto puede parecer raro leído desde aquí, pero en Estados Unidos la población reclusa se ha doblado en pocos años.

-La compra de enormes cantidades de tierra por parte de gobiernos de países extranjeros para ser usadas como monocultivo de soja o de maíz, por ejemplo, o para albergar infraestructuras. Los orangutanes están siendo expulsados de su hábitat para que podamos tener aceite de palma. Multitud de campesinos humildes pierden su trabajo, así como artesanos, manufactureros y tenderos que vivían cerca de esos territorios. Un ejemplo doloroso sería la expulsión de la comunidad mapuche de las tierras donde han vivido siempre para que una compañía eléctrica monte allí su central.

-El acaparamiento de agua por parte de grandes empresas multinacionales que ensucian e inutilizan los recursos hídricos. Es famoso el conflicto en el delta del Níger, cuya denuncia le costó la vida al activista y escritor Ken Saro-Wiwa. Envenenar la tierra, el agua y el aire están dando enormes beneficios a la economía global. Todo es “financializable”, como dice Sassen. La buscada complejidad de las leyes al respecto de las concesiones a empresas se ocupa de oscurecer el asunto mediante junglas de papeles y contratos opacos y bizantinos diseñados para ralentizar la lucha política de los oprimidos y perpetuar el asunto.

A mí se me ocurren más expulsiones: como en este momento estoy escribiendo sobre la salud mental, no puedo evitar pensar el fenómeno de la medicalización abusiva de millones de pacientes. Todo coincide: muchos grupos distintos con intereses concertados (farmacéuticas, sistemas públicos y privados de salud, gobiernos, hospitales, industrias químicas, el sector académico y científico…) favorecen o ignoran la prescripción de manera universal de determinados fármacos que expulsan de la vida social saludable a millones de personas. Los expulsados son incapaces de volver a ser incluídos en el mundo del que salieron, y están a una distancia tan grande de los que orquestaron su expulsión que ni siquiera los ven. Yo no soy un experto en nada, y menos en economía, pero diría -llamadme conspiranoico- que Sassen no acaba de andar desencaminada.

Creo que es básico, si no leer este libro, sí al menos alcanzar de algún modo su mensaje. Hablar sobre él, ni que sea para discutirlo o desmontar sus argumentos. O cambiamos algo, o será el cambio el que se nos trague a nosotros en muy poco tiempo.

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Hoy he escuchado un debate en la radio en el que hablaban personalidades del mundo de la cultura -un político, algunos empresarios, algún artista- y me he cogido un buen cabreo. Más que lo que dicen, me cansa lo que callan.

Conozco a bastantes veinteañeros. Nativos digitales. Algunos de ellos, hasta hace poco, eran eso que se ha dado en conocer como ninis. Y otros lo siguen siendo. Gente que no trabaja y que no estudia. Hijos de familias que no van sobradas de dinero. Cuando alguna vez me ha dado por preguntarles su opinión sobre la piratería, sus reacciones (sorpresa, ingenuidad, e incluso cinismo) me han dejado bien clarito que para ellos y ellas el debate no existe. No hay debate. Si algo te lo puedes bajar, te lo bajas. Entre ellos ni tan sólo hablan de eso. El mundo en el que uno pagaba por discos o películas es algo previo a su existencia como adultos. Es el mundo de sus padres. Esto no debería ser tan difícil de entender: ¡ni siquiera usan dispositivos donde se pueda insertar un CD o un DVD! Esos aparatos ya son pleistocénicos, si se me perdona la hipérbole.

Me molesta escuchar a políticos, productores y empresarios valorando el comportamiento de la gente en Internet. A esa generación le ha tocado y le está tocando sufrir muchas de las consecuencias del neoliberalismo descontrolado. A esos jóvenes les cuesta horrores encontrar trabajo porque el antiguo sistema de red social ha sido arrasado por la alianza entre la bolsa y la banca. Ellos van a tener que pagar vía impuestos el dineral que el gobierno ha regalado a los bancos para cubrir su desfalco sistémico. Han sufrido la caída en picado de la calidad educativa puesta en manos de la privatización y en contra de la escuela pública. Ahora ir a la universidad vale veinte veces más de lo que vale en Alemania, y mucho más de lo que me costó ir a mí en este país. Es impagable para muchísimas familias. Eso sí, las pelis que las paguen. Si se bajan una canción, resulta que son unos ladrones. El poder les exige que tengan “cultura ética” (sic) para ciertas cosas -para que consuman-, pero hace mucho que les ha robado el derecho a la cultura misma, que es algo mucho más amplio y esencial que los productos culturales.

Me indigna que los tecnócratas que nos gobiernan sólo se acuerden de ellos para criminalizarlos. Insinúan que son vagos, que son piratas.  Pero, ¿quiénes son los verdaderos piratas aquí? Los que les acusan implícitamente de esas cosas son personas que vienen de familias acomodadas en su mayoría. No tuvieron grandes problemas para pagar sus libros, la matrícula de la facultad y su piso alquilado. Ahora que están en puestos de mando y notan en el cogote la presión del mundo empresarial, se lanzan a dar lecciones morales. En realidad, lo que subyace en el tono de su discurso es que ven al ciudadano de a pie como chusma. Y les molesta que la chusma no pague por todo. No les interesa que tengan una formación pública de calidad. No les interesa que deseen prosperar y trabajar con dignidad. Les interesa sólo que no dejen de consumir -pagando- hasta el fin de sus días. Que paguen 18 euracos por cada CD. Que apoquinen 40 más para un concierto de su grupo favorito. Eso sí, esa pasta que se la pidan a sus padres, porque si no de qué. Curro no tienen. Ni currículum. Ni ahorros, ni futuro. Si tuvieran esas cosas, a lo mejor, quién sabe, se meterían un día en una sala de cine y pagarían los nueve euros que cuesta la entrada.

Yo soy escritor, y me gustaría ganarme la vida con la escritura. Pero no soy imbécil, y esas mujeres y hombres jóvenes de los que hablo tampoco lo son. El mundo ha cambiado. Hoy es posible, tecnológicamente, compartir contenido vía Internet. Lo que es posible hacer, se hace. No hay vuelta atrás. En lugar de tomar nota de ello y ponerse manos a la obra para adaptarse a ese cambio, los poderosos se enfadan y nos dan lecciones de buena conducta.

La verdad es que a esos chicos -y aquí les cito literalmente- el tema se la suda mil pueblos (me encanta esta expresión, por cierto). Por lo menos tienen el consuelo de morirse de risa y decirme que debata mi prima, porque a ellos les da igual todo eso. A juzgar por la cantidad de series y música de la que pueden disfrutar, no tienen la sensación de que los productos culturales estén por extinguirse. Y la verdad es que no lo están. Muchas cosas, me parece, no cuadran en el debate que he oído hoy en la radio.

Todos iremos al paraíso, de José Ángel Mañas

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Mujer. 40 tacos. Pija. Hija única. Amada por sus padres. Educada en la mejor escuela privada. Vida resuelta. No parece gustarle Podemos ni la gente sin clase, sea lo que sea lo que ella entiende por clase. Casada con un profesional de éxito. Madre de dos hijos. Psicópata. Así es Paz, el personaje que ha creado José Ángel Mañas en su última novela.

Lo que queda clarísimo leyendo el texto es lo complejo que puede llegar a ser un acto humano, y hasta qué punto nosotros mismos podemos ser ciegos para siempre a las verdaderas causas de nuestro comportamiento. La chispa que echa a andar el asunto es un percance de tráfico. A una familia burguesa (entiéndase esta palabra hoy en día como se quiera o se pueda) se le caen de la baca del vehículo, en plena autopista, cuatro bicicletas de montaña. Me parece magistral la manera en que Mañas da cuenta de por qué y cómo, después de discutirlo, deciden no volver a por ellas. En pocas líneas nos deja vislumbrar la asustadora sombra de esa aparente familia perfecta. El efecto dominó que provoca la decisión acabará en una serie de acontecimientos espeluznantes. Creo que la maestría está en lo siguiente: vemos cómo la mente individual de ambos miembros de la pareja elucubra y razona, y entendemos sus razones concretas, pero al mismo tiempo nos damos cuenta de que el verdadero motivo es mucho más amplio: está en la brutal falta de autenticidad de la familia desde su misma fundación. El infinito goteo de conversaciones no mantenidas, de frases no dichas, de supuestos, de soluciones fáciles, de miedos y mentiras, de tedio, de decepciones y de disimulación en que consiste esa familia tradicional, patriarcal, aburguesada, adinerada, clasista y sobre todo tremendamente aburrida. Ese es el motivo real de que no vuelvan a por las bicis. Todo me recuerda levemente a Pedro Almodóvar. Es decir, a cuando Almodóvar dejó de hacer pelis de lesbianas que ponían cachonda a la vecina de al lado meándosele encima y pasó a hacer pelis de redactores de El País que se enamoraban de mujeres de militares deprimidas porque su marido no les daba bola. Pero lo que pasa aquí es un poco más bestia.

La señora, en realidad, está loca de atar. Pero lo está sin estarlo. Está, por decirlo de algún modo, loca de no-atar. Su problema de salud mental es latente e invisible hasta que deja de serlo. Es decir, en su mente todo funciona de un modo normal. Cuando las cosas que empieza a hacer son rotundamente anormales, su tono no cambia. Ella las cuenta como quien ve llover. A un lector despistado se le pasaría el dato, tendría que volver atrás para certificar que ha leído lo que le parece que ha leído. Mañas te da lo justo para que tomes conciencia de lo que pasa, pero para que a la vez sigas la extrañamente poco delirante línea de razonamiento de la protagonista.

Me parece estupenda la elección, por cierto, del nombre del personaje. Paz. Lleva toda la vida empeñada en una paz ficticia, falsa, que se basa en evitar el conflicto en lugar de enfrentarlo. El tipo de neurosis que alimenta durante todos los días de su vida es el típico de la familia acomodada, falsamente liberal, que vive ajena a las duras realidades del mundo exterior por pura comodidad, por razones prácticas, casi por pereza. Paz es una extremista en su forma de no mirar la realidad: su matrimonio es hueco, su familia está hueca, su vida entera está hueca. Su patología tiene que ver con una especie de ley del mínimo esfuerzo espiritual o vital. Como persona, es puro envoltorio. Cuando llegan las vacaciones y todo se hace más difícil de ignorar, las chispas de esos incontables momentos de engaño explotan. El mal karma acumulado solidifica, le estalla en las narices y se lía la de dios.

Las vacaciones son la vuelta anual al pueblo de Sergio, su marido. El papel de la región en la novela no es trivial. A Paz le molesta que todos los parientes de Sergio defiendan a viento y marea su pequeña patria, los valores tradicionales, lo original, lo antiguo, lo auténtico, lo de toda la vida. Se da una pequeña pero constante guerra de gustos personales que deriva también en lo doméstico, como por ejemplo la elección de la decoración de la casa, que ella preferiría más moderna y Sergio prefiere más a tono con la tradición de las casas locales. Este chovinismo regional del gusto y de las pequeñas cosas es típico de una familia acomodada y desconectada, intoxicada de cierta moralidad pasiva, lacia, común en ciertos entornos profesionales de estos tiempos, cuya empatía está muy mermada por la rutina. Están ambos tan alienados que su relación se reduce a esas pequeñas batallas en las que el resto del mundo deja de existir. Puedes dejar, por ejemplo, unas bicicletas en medio de la autopista, poniendo en riesgo la vida de personas, simplemente por discutir o dejar de discutir con tu mujer. Es curioso que la psicología haya considerado el chovinismo un tipo de delirio de grandeza, una paranoia delirante.

El detonante de las bicicletas hace que ocurran más cosas, cada una más atroz que la anterior. Mañas consigue que el tono general del libro sea fiel a la operación de normalización de lo extraordinario que ejerce todo el tiempo la mente de Paz, pero sin dejar de darnos elementos objetivos para que, como lectores, veamos con claridad lo que está pasando. Lo que asusta de esta novela, y lo que la hace en mi opinión interesantísima, es que en ese espacio entre lo normalizado y lo normal, entre la neurosis de Paz y la visión más cuerda que Mañas delega de un modo sabio en el lector, brota cierta intuición sobre la casi imposibilidad de saber, a priori, quiénes de nosotros, con nuestras humildes y pequeñas rutinas de andar por casa, podría acabar explotando como ella.  Montando una sangrienta película gore con su propia vida, y demostrando de paso una frialdad espeluznante y banal, digna de la explicación que Hannah Arendt nos dio de las barbaridades cometidas por los nazis. Quiénes de nosotros podríamos ir, también, al paraíso.

Cronomoto, de Kurt Vonnegut

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“Que alguien me pegue un tiro mientras soy feliz”, escribe Kurt Vonnegut en Cronomoto. A Vonnegut le cuesta horrores la felicidad, pero la ha vivido y la recuerda. Ha disfrutado de una una vida digna de vivirse (sólo el 17% del a población mundial, según sus cálculos, puede decir lo mismo) y al mismo tiempo ha sufrido una tristeza congénita: “Soy un monopolar depresivo que desciende de monopolares depresivos. Por eso escribo tan bien”.

En Cronomoto ya está Vonnegut un poco de vuelta de todo, bastante mayor y, según él mismo confiesa, sin mucha energía para escribir. Hace, pues, lo siguiente: abandona una novela en la que lleva diez años escribiendo y la refríe. Se pone a meter tijeretazos y la transforma en otra cosa. De ese modo, lo que leemos aquí -llamémosle novela o como nos dé la gana- es algo tan simple como el señor Vonnegut contándonos su novela no escrita como quien te cuenta una peli tras salir del cine. La explicación está trufada, además, de cualquier otra cosa: su juventud, su abuelos y sus tíos, sus ideas, sus exmujeres, sus hijos, sus reflexiones, sus asombros, sus lecciones aprendidas, sus manías, sus confesiones, su madre suicida o su amor por el socialismo. Se relaja y, en suma, se lo pasa de fábula. Y nosotros también leyéndolo.

Lo que pasaba en la novela inacabada era lo siguiente: el 13 de febrero de 2001 un terremoto de tiempo azota el universo, empujando a todos los seres diez años atrás, hasta el 17 de febrero de 1991. Durante esos diez años se da “la resposición”. Todo el mundo repite exactamente sus últimos diez años sin poder cambiar nada. Se vive sin voluntad propia. No puedes “salvar tu propia vida o la de un ser querido si no lo habías hecho la primera vez”. En 2001, cuando concluyen los efectos del seísmo, volvemos a tener libre albedrío. Pero es difícil volver a usarlo por la falta de costumbre. El raro héroe que está allí para ayudar a la humanidad es, cómo no, Kilgore Trout, el escritor vagabundo de ciencia ficción que goza más de destruir sus cuentos que de publicarlos y que todos los lectores de Vonnegut conocen de otras novelas suyas.

El libro está escrito en viñetas, y por lo tanto hay que leerlo como un cómic. Vonnegut es el mismo de siempre, pero algo cansado. Va más suelto. Eso nos da cosas y nos las quita. La trama importa poco, se derrite en nuestros ojos. Lo que se dice entremedio de la trama es lo que importa. Este libro es un cómic-conferencia, una tarde en un bar con un hombre muy rápido de mente, con la guardia muy baja y, sobre todo, muy tierno. Vonnegut se pasó toda la vida escribiendo libros para decirnos que los humanos somos tiernos, y que todos los problemas del mundo -las bombas en Hiroshima y Nagasaki- se producen cuando nos olvidamos de nuestra propia ternura. Y nuestra ternura está inevitablemente mezclada con el humor y la amabilidad hacia nosotros mismos. Escribir es para Vonnegut trabajar sin descanso para hacer libros que nos hagan reír y que nos recuerden en qué consiste ser humanos, puesto que lo olvidamos constantemente. Se trata de ser subversivo a base de dulzura. La única manera, en mi humilde opinión, en que podemos ser subversivos sin reproducir los patrones inconscientes de agresión y dominación de los que adoran ser poderosos. Todos los subversivos que han alcanzado puestos de poder y han logrado mejorar el mundo lo han hecho desde ese corazón roto y tierno que sabe reírse de sí mismo. Stalin, eso Vonnegut lo sabía muy bien, no tenía el más mínimo sentido del humor.

Vonnegut fue un socialista hasta el fin de sus días. Cita, una vez más, a Eugene Debs: “Mientras haya una clase baja, perteneceré a ella. Mientras haya delincuencia, seré parte de ella. Mientras haya un alma en prisión, no seré libre”. Eugene Debs fue cinco veces candidato socialista a la presidencia de los Estados Unidos, y lo encerraron por echar discursos brillantes y llenos de compasión. Es el personaje sobre el que los americanos no se atreven a hacer una de esas series de televisión de calidad que hacen ahora. Heywood Broun, un famoso periodista, dijo de él: “ese viejo con los ojos encendidos cree en serio que puede haber algo parecido a una hermandad humana. Pero lo más raro no es eso: es que cuando lo tengo cerca, lo creo yo también.” A mí me parece que todos los libros de Vonnegut, del primero al último, han sido escritos para encender en los ojos de los lectores el mismo fuego que había en los de Eugene Debs.

En Cronomoto lo bueno se encuentra encerrado en multitud de cosas malas. Se habla durante paginas de gente que no quiere vivir y, sin condenar en absoluto sus suicidios o sus malas decisiones, el texto se convierte una celebración de la vida. Es desgarradora -sin que Vonnegut la escriba con desgarro- la relación con su hermana, muerta a los 41 años. Las pequeñas anécdotas que hacían esa relación auténtica. Todo lo auténtico se puede contar como algo pequeño. Si no se puede, no es auténtico. Un pariente de Vonnegut repetía la frase “si esto no es agradable, ¿qué lo es?” cada vez que la vida le sonreía. Lo sencillo es mágico. El suicidio y la alegría son dos manifestaciones palpitantes de lo mismo, del asunto extraño este de estar vivos pululando por el planeta.

De golpe, además, nos llegan sus ramalazos de inteligencia radical. No hay que desvelarlos en una reseña, pero podemos anunciarlos. ¿Qué tienen que ver Hitler y Édith Piaf? Vonnegut tiene un tremendo oído para enlazar lo que no parecía susceptible de ser enlazado. Lo caza al vuelo y nos lo pone delante de las narices.

El texto es un constante chorro de anécdotas e ideas. A mí, por ejemplo, me impactó que una de las enmiendas que el autor propone a la constitución americana sea un ritual de paso obligatorio para todos los adolescentes. Una fiesta en la que se celebrará que ya son co-responsables de lo que ocurre en la sociedad. En un mundo en la que los rituales tradicionales han sido sustituidos hace tiempo por las compras, y los templos por centros comerciales, resulta impactante la claridad y sencillez de la propuesta de Vonnegut. También introduce la idea de que el Estado haga lo posible por que a todos nos echen de menos al morir. Esto es imposible, según Vonnegut, sin familias extensas como la suya. Tener una familia extensa te salva de todo y te da sentido. Te salva de la tecnología, de la alienación, del olvido, de la depresión monopolar. El decrecimiento que nos salvará de esta monstruosidad de consumo en la que vivimos no vendrá teniendo menos hijos, sino teniendo más y dándoles todo eso que los gadgets, las compras sin pausa y el estúpido entretemiento eterno no pueden darles. La chispa en los ojos de Eugene Debs, de Kurt Vonnegut y de los cientos de miles de personas que aman sus libros.

Croatoan, de José Carlos Somoza

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Hay que ser osado para escribir una novela apocalítica de intriga en los tiempos que corren. Ambas cosas -el fin del mundo y la falta de piezas informativas que sirva de cebo a los lectores para llegar hasta el final de los libros- abundan en cantidades inasumibles para nosotros en novelas, películas, series, cómics, memes de Internet, chistes, conspiraciones y cotilleos de vecindario. El motivo principal de este exceso es nuestra invisible -de tan ubicua y generalizada- adicción al entretenimiento. A que pasen las horas y lleguen otras horas y así sucesivamente hasta por fin morirnos. Y no hay muchas cosas mejores para entretenerse del miedo a la propia muerte que una buena intriga y un buen escenario apocalíptico. Total: Jose Carlos Somoza es valiente por el sólo hecho de intentar que esta historia sobresalga. Pero es que además lo consigue.

Tengo que reconocer que no soy lector de ciencia ficción. Aparte de algunos clásicos como Philip K. Dick y Aldous Huxley, no he leído demasiado. Lo último que leí relacionado con el fin del mundo es La carretera, de Cormac Mccarthy, y ya hace unos años de eso. No soy lo que se suele llamar un amante del género. No sé si les gustará mucho Croatoan a los que se reconocen en esa expresión, pero a mí sí me ha gustado. Puede que tenga algo que ver el hecho de que se trate de un texto que se pasa bastante por el forro varios los elementos tradicionales del género: es una novela de zombis donde no hay técnicamente zombis, y un fin del mundo en el que el mundo no se va: nosotros nos vamos. El mundo sigue aquí, haciendo esa cosa, sea cual sea, que se dedica a hacer o dejar de hacer. Leyendo la novela me he acordado mucho de un monólogo del genial George Carlin sobre nuestras relaciones con el planeta que no tiene desperdicio.

He disfrutado leyendo Croatoan, y entre las razones de ese disfrute está el hecho de que Somoza no se toma la ciencia a risa. No frivoliza con ella. Siempre he pensado que la literatura ganaría mucho de una relación más potente con la ciencia, que ya es, en sí misma, tremendamente poética. De hecho la sensación de piel de gallina que la poesía provoca es muy similar a la que se tiene a poco que uno se sumerja en la ciencia e incluso en la tecnología. La biología, la física, la matemática, incluso la programación informática, disciplinas todas que pueden darnos un latigazo poético, muy personal e intenso, de gran belleza. A mí me parece bella la forma en que Somoza nos planta en su novela la teoría del interconductismo (mi curiosidad me llevó a enterarme de la existencia de J.R. Kantor y a leer varias cosas en Internet entendiendo algo así como el 10% de ellas), y cómo consigue, sin soltar ningún rollo académico ni interferir en el flujo de las peripecias de los personajes, que tengamos un vislumbre de comprensión que nos ayude a seguir con el libro en las manos, convencidos de que el vuelco de acontecimientos del que nos está hablando el texto es verosímil. La ciencia y la literatura tienen una relación a veces extraña con la verosimilitud, pero Somoza no tiene problema en patinar por ese hielo frágil y quebradizo sin accidente alguno.

En Croatoan ocurre algo parecido a esto: un etólogo llamado Mandel escribe un correo electrónico a distintas personas, en el que sólo aparece la palabra croatoan. El mensaje está programado para llegar dos años después de la muerte del mismo Mandel. Croatoan es la misma palabra que quedó grabada en un árbol en 1590, cuando un pueblo entero de los Estados Unidos desapareció de repente sin dejar rastro. A partir de ahí, los destinatarios de ese e-mail intentarán salvar el pellejo, y para ello tratarán de entender lo que está pasando. Por qué la vida tal y como la conocemos está dejando de existir en todo el globo. Qué significa el mensaje de Mandel, y qué papel tienen ellos en todo eso. En todo el mundo han empezado a pasar cosas aterradoras.

Se pasa miedo leyendo. Mucho.

“Muchas veces no sabemos por qué hacemos lo que hacemos”. Esa es, para mí, la frase clave del texto. No quiero estropear ninguna sorpresa, pero una vez entendida (o no entendida) la teoría mandeliana, lo que se abre ante nosotros es un abanico de preguntas basadas en el hecho de que todo lo que hemos estado creyendo sobre nuestras vidas y sobre nuestra historia sea una ilusión. El libre albedrío y el determinismo conductual fundamentan la inquietante columna sobre la que se sostiene toda la ficción. Este es un gran acierto de Somoza. Un tema como el libre albedrío, que recorre transversalmente la historia del pensamiento -y no sólo del occidental- convierte cada intercambio entre los personajes, cada descuerdo, cada afecto, cada tensión y distensión, cada diálogo, en un disparadero de preguntas y más preguntas. Para el que le guste hacérselas, claro. Para quien no, la trama basta: da miedo y entretiene de un modo más que eficaz. No se cae de las manos en ningún momento. Que no teman los ansiosos, ni los poco entusiastas de la filosofía y de la metafísica.

Somoza apunta muchas cosas que quedan asomando, sugiriéndose: el tema de la violencia sobre las mujeres planea casi todo el tiempo sobre el texto. Las relaciones entre Estado e individuo -gracias a la situación límite que se plantea en el libro- aparecen nítidas y con toda su crudeza. Lo que llama la atención es que los conflictos que acaban reflotando y sobreviviendo en ese estado del mundo son, de una manera casi siniestra, las mismas que en el mundo real, que en el mundo nuestro. Las fuerzas que nos empujan a actuar o dejar de hacerlo no cambian ni en el último instante. Incluso la compasión, congénita a los humanos, florece casi como un mandato. En ese modo radical de vivir -un presente continuo a fuerza de intensidad- un segundo es suficiente para pasar de la agresión a la compasión, y el paradigma de lo cuerdo y lo que deja de serlo puede hacerse añicos en menos que canta un gallo. En definitiva, Croatoan es un libro estupendo. Tal vez menos ambicioso, desde el punto de vista literario (ehem), que otros trabajos de Somoza, pero sin duda alguna aterrador, sorprendente y luminoso.

Contra aquellos que nos gobiernan, de Lev Tolstói

CONTRA_AQUELLOS_QUE_NOS_GOBIERNAN-350x562Mi abuelo era campesino. La parcela le daba lo justo y sus hijos prefirieron emigrar a zonas turísticas. No fueron los únicos. Miles como ellos se fueron a los hoteles de la costa a echar 14 o 15 horas al día. Ahí exprimieron las energías de su juventud. Conocieron el estrés y el ambiente jerarquizado del trabajo moderno. Los motivos por los que tanta gente eligió lo mismo son complejos, pero podrían resumirse groseramente con la palabra esperanza. El capitalismo hace una cosa muy bien: prometer. Se cae en el espejismo de que no estamos completos y necesitamos algo que se supone que está en algún otro sitio. Pero ¿y si la libertad fuera justamente vivir sin esperar nada? La esperanza hace que colaboremos en la construcción de un mundo basado en el uso de unos recursos finitos como si fueran infinitos. Hasta que el planeta se engripe y nos elimine -ya lo está haciendo- como quien suda una fiebre. El poder se mantiene, no sólo en los sistemas capitalistas, a base de expresar constantemente una promesa que no se actualiza. Este libro que recomendamos hoy versa sobre la naturaleza de dicha promesa.

Tolstói ya sabía que a mucha gente todo esto le parece un rollo de paranoicos, pero eso se la traía al pairo porque era un grande. Su grandeza, como la de otros atrevidos pacifistas, descansa en la capacidad de no tomarse las cosas de un modo personal. Sabía que sus críticos no tenían mala fe. Es simplemente que tenemos miedo a perder lo que hemos invertido en el sistema, por poco que sea. Nuestros privilegios. El miedo es más humano que el comer. Miedo del caos y el desorden. Del -literalmente- desgobierno. La generación de mis padres en la España del tardofranquismo lo apostó todo a una forma de vida absolutamente nueva -dejar el campo, que para Tolstói era sinónimo de salud y cordura- sin tener idea cabal de adónde se estaban arrojando. La apuesta es tan grande que, una vez hecha, cuesta ver con claridad. Más vale hacerse los suecos. No leer libros como este. No escuchar el mensaje siguiente: para que todos seamos más felices hay que tener menos. Esa generación creció con poco, y por eso el mensaje les cuesta. Yo crecí con algo más y también me cuesta. Eso sí, Tolstói entiende por riqueza algo muy distinto a lo que comúnmente se entiende. Para él la prosperidad no va ligada a la acumulación.

Si yo lo abandonara todo y me pusiera a trabajar la tierra tendría que aprender mucho. Pasaría horas al sol o al viento, horas que hoy paso leyendo, escribiendo, trabajando en aulas cerradas y tomando cafés o cervezas en bares. Enormes privilegios. Si lo pienso mucho siento pánico. Hay que reconocer el pánico y atreverse a quedarse un momento en él, porque cuando aparece suele rondar cerca alguna verdad. La verdad y el miedo son primos hermanos. Es más fácil olvidarse, encender un liadito, pillar alguna cosa de la nevera, mirar algo en el youtube.

El estilo del libro es sencillo, casi panfletario. El inicio es brutal e inequívoco. Tolstói habla con unos estibadores de puerto y les pregunta por sus condiciones de vida. Se te cae el alma a los pies. Podemos hacer la vista gorda, pero todo eso existe aún. En los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros) no hay ningún Australiano ni ningún Suizo. Los chatarreros negros que veo por mi barrio trabajan en condición de esclavos. La esclavitud se ilegalizó hace tiempo, pero ningún policía les prohíbe trabajar. Este libro me parece igual de necesario que cuando fue escrito.

Las causas de la esclavitud, nos dice el autor, son las leyes humanas. La propiedad privada de la tierra, que hoy parece casi natural, no lo es. Nació con la usurpación de los conquistadores. La función primera de la propiedad privada fue apoderarse de lo ajeno. Robar a los indígenas porque sí. Los indígenas americanos no eran pobres ni ricos (esa neurosis es la nuestra). Me impresiona la claridad con la que este libro expone que la ciencia económica sirve para oscurecer. Todo sigue igual. David Suzuki, a quien recomiendo desde aquí, lo explica bastante mejor que yo.

“Los hombres verdaderamente civilizados preferirán siempre viajar a caballo en lugar de servirse de las vías férreas”, dice Tolstói. Esto puede sonar cándido, pero parece claro que para que todos tengamos nuestros cachivaches -para poder cambiar de móvil cada dos años, lo que sería el equivalente actual del ferrocarril de Tolstói-, hay gente que lo está pasando mal en lugares inhumanos. Lo civilizado sería pues lo contrario del progreso, o un nuevo progreso que vaya hacia atrás. Ser lindos retrógrados. Regresar como forma de avance. Decrecer. Trabajar en cosas que nos hagan sudar y no acordarnos de nuesteros gadgets. El cómico estadounidense Louise C.K. explica que en la acción de poner delante de nuestros hijos un móvil para grabar una tierna obra de teatro escolar nos estamos perdiendo la realidad directa, que es en HD por naturaleza: la alta resolución nos vive en los ojos y nos la perdemos a pesar de que -C.K. lo tiene claro- a nadie le importa un bledo el vídeo de tu hija cantando a lo Beyoncé. Da igual cuántos “me gusta” se acumulen cuando lo pones en facebook. No te importa ni a ti. De hecho, cuando pasó te lo perdiste.

Tolstói sobre las leyes: “dan a quienes las hicieron, siempre que sean violadas, el derecho de enviar a hombres armados para detener al transgresor, encerrarlo y, llegado el caso, matarlo.” Esta agresión no es natural. No nace de un enfado o de una reacción defensiva. Es violencia fría y organizada. La violencia organizada es clave en el pensamiento de Tolstói. Es a la vez lo que asegura la ejecución de la ley y lo que otorga el poder de legislar. Eso incluye a nuestras democracias. Total: este libro es indigerible para muchísima gente.

La vía es la resistencia no violenta. El sermón de la montaña que Tolstói tanto admiraba. Luther King. Thich Nhat Hanh. El compromiso con la no agresión. El poder es muy astuto: los medios de comunicación pueden pasar durante días imágenes de adolescentes quemando un contáiner de basura y estar años sin siquiera acercarse a las condiciones de los trabajadores que hacen nuestra ropa o empaquetan nuestra comida. Cualquier agresión desde cualquier lado va siempre a favor de la injusticia. Las soluciones han de ser pacíficas y radicales: no pedir nunca que el Estado te garantice la propiedad de nada. No pagar impuestos a ningún gobierno (esto suena a chiste hoy en día; los chascarrillos son bienvenidos). Tolstói no pide, por supuesto, perfección ni santidad. Admite grados. Lo importante es no devolver el golpe. No participar en violencia alguna por acción u omisión. Eso es lo imprescindible, lo mínimo. Luego vendrá el contentarse con perder privilegios y dinero. Aprender a sudar y a ser felices al mismo tiempo. Fácil, ¿no?