Erri de Luca. Aquí no, ahora no.

aqui-no-ahora-no

Hace tiempo que reconocí en Erri De Luca a un maestro. Lo leo rendido: ese es el estado en que se lee a los maestros. Releo muchos párrafos intentando encontrarles el resorte mágico, intrigado por la aparente facilidad con que me llevan adonde quieren. Sus tramas son difusas, apenas una carcasa. Los personajes a menudo son mínimos y desdibujados. Me pregunto -e intento responder aquí con una lista incompleta e insatisfactoria- cómo consigue escribir textos tan profundos.

Creo que es, principalmente, porque él no pretende que lo sean.

Se limita a mostrarnos sus propias experiencias, lo bastante desbrozadas o podadas para que pasen por eso que comúnmente llamamos ficción: “La mesa se deshacía cuando uno de vosotros se levantaba”. La imagen nos recuerda, a los que pudimos disfrutar de ese privilegio durante la niñez, la sencilla satisfacción de comer en familia. El gozo casi inadvertido de compartir la comida con los tuyos y la cotidiana desdicha de que, como el resto de fenómenos del universo, eso se termine. De Luca no nos incordia con ninguna tabarra metafísica.  No nos suelta ningún discurso sobre la impermanencia de la felicidad ni sobre nuestra naturaleza mortal. Tan solo intenta que rememoremos los días en que nuestro propio cuerpo, siendo nosotros conscientes o no de ello, experimentó esas cosas.

Usa nexos sencillos.

La tartamudez del niño protagonista se acaba justo cuando comienza la ceguera de su padre. No hay explicación para esto, ni falta que hace. Se dice sin apenas estilo, sin arrogancia. No se vuelve a ello en todo el texto. Es tan simple que resulta incontestable.

Es directo.

“Vivimos con personas queridas sin saberlo”. Esta frase ilustra la relación del niño con la criada que trabajaba en su casa, que le dejó “un olor a lejía en la mano (…), una caricia ruda y torpe”. Entendemos la frase como se siente el aguijón de una avispa. El amor que les tenemos a los otros prescinde de nuestras opiniones al respecto de su existencia. De Luca tan sólo tiene que nombrarlo para que los lectores revisemos nuestro pasado en busca de resonancias.

Su pensamiento es fresco.

Hace nuevas asociaciones de ideas para abrir brechas en la realidad, concepciones extrañas y a la vez coherentes con la vida: “Ser en el mundo, por lo que he podido entender, es cuando se te confía una persona y tú eres responsable y al mismo tiempo tú eres confiado a esa persona y es responsable de ti”.

Reformula ideas.

En vez de confundirse y confundirnos citando teorías psicoanalíticas u otras complejas concepciones del desarrollo del niño, lo reduce todo a una formulación limpia y concreta: “Mucho del destino de cada cual depende de una pregunta, un pedido que un día alguien, una persona querida o un desconocido, formula”. (…) “(Cada uno de nosotros) tratará de darle respuesta toda su vida”.

Es honesto.

“Aun cuando las palabras, por su naturaleza servicial, nos den luz, en realidad son sombras, signos oscuros trazados sobre la inmensidad de una infancia cualquiera”, escribe. La niñez nos queda lejos, suele parecernos borrosa, y en parte eso ocurre porque la creamos nosotros mismos mediante un discurso que sea capaz de sostener cierta imagen propia. La infancia nunca es el relato del adulto que la recuerda. Al advertirnos de esto De Luca señala la superficie misma de las cosas, y ese señalamiento imprime profundidad al texto. No necesita buscarla en lugares supuestamente ocultos o complejos.

Usa (bien) la paradoja.

Las paradojas son más eficaces en tanto que no sean sólo figuras de pensamiento o de discurso, sino que se sientan como tales paradojas en la experiencia vital de cada uno.  El narrador habla, por ejemplo, de los juguetes que le regalaban de niño. “Duraba poco el juego. Sabía que duraba lo que el instante en que se rompería”. Para que haya verdadero juego es necesaria la muerte del juguete. Si lo cuidamos para que nos dure, lo convertimos en un objeto frío, inútil para el goce. Tener algo es, pues, no tenerlo. Esto, que parece ilógico, es bastante evidente: cuántos niños y niñas rompen (o reprimen el deseo de romper) los objetos que sus adultos les regalan.

Aligera lo pesado.

Hoy en día, hartos todos de autoayuda (sea eso lo que sea) y de filosofías new age, De Luca es capaz de acercarnos experiencias espirituales básicas, vivas durante milenios, sin sonar proselitista. El narrador habla de que en su infancia aprendió “a no esperar”. “¿Por qué existe la espera?”, le pregunta a su padre. Lo que otro escritor hubiera introducido hablando del manido “aquí y ahora” o usando palabras grandilocuentes como “presencia”, “autenticidad” o “ser”, De Luca lo resuelve expresando la renuncia infantil del niño que se empeña en no acompañar (en no esperar) a los adultos neuróticos en sus cotidianas neurosis. Ese niño disfruta de la cordura, en contraposición con la constante espera angustiada de quien no se satisface nunca con el estado del mundo.

Aquí no, ahora no está publicada por Seix Barral. La traducción es de César Palma.

Anuncios

A tale for the time being, de Ruth Ozeki

ozekiNo es de extrañar que los dos pilares esta novela (aún sin traducir, por desgracia) sean el budismo y la ciencia, porque cada día parece más claro que ambas cosas convergen. Muchos avances en neurología, por ejemplo, nos acercan evidencias que para los antiguos meditadores de la India o del Tíbet resultaban intuitivas gracias a sus prácticas. El Dalai Lama cree que el budismo debe cambiar si la ciencia desmiente de algún modo sus bases, y el prestigioso maestro Thich Nhat Hanh afirma que la ciencia le ha ayudado a profundizar en su comprensión de las enseñanzas. El acierto de esta novela está en entretejer alrededor de esos dos pilares, de esos enormes troncos que representan la tradición y la modernidad, multitud de otros elementos que se le aparecen al lector como una entretenida, dura y también deliciosa mezcla de historias con un eje común. Es una novela sobre la guerra, sobre la lucha por la propia vida, sobre el acoso escolar, sobre la inseguridad de la identidad propia y sobre nuestra relación con el ecosistema: es, en definitiva, una novela total. Plantea la necesidad de un cambio de rumbo en nuestra manera de estar en el mundo: en lo ecológico, en lo político y en lo cotidiano. También habla de la esencia de la literatura: su capacidad de funcionar como máquina del tiempo, como recurso para palpar a los seres de otras épocas.

Ruth y Oliver -los nombres de la autora y de su pareja en la vida real, por cierto- viven en una remota isla del Pacífico. Él es investigador en biología y ella es novelista. El giro del Pacífico Norte, es decir, uno de los once sistemas de corrientes marinas del planeta, arrastra montones de basura procedente de Japón, entre la que se encuentra una pequeña fiambrera hermética que contiene un diario escrito por una adolescente japonesa. La casualidad hace que Ruth lo recoja. Con este simple recurso tantas veces usado, del tipo Cide Hamete Benengeli, Ozeki pone en marcha el asunto. Confía en que los lectores aceptarán la convención, del mismo modo que Nao, la autora del diario,  confía en que alguien encuentre su botella al mar.

A Nao la acosan de un modo cruel y sórdido sus compañeros de instituto. Su padre, programador informático, parece querer suicidarse todo el tiempo. Y su bisabuela centenaria, último agarradero insospechado para la estabilidad emocional de la chica, es una monja zen llamada Jiko. Jiko, en su juventud, fue admiradora de Kanno Sugako, la anarquista japonesa ahorcada por negar el carácter divino del emperador. Su hijo Haruki (el tío abuelo de Nao) fue un muchacho sensible y culto al que el gobierno nipón obligó a inmolarse vivo en la Segunda Guerra Mundial. De este nudo nacen varias historias de una ternura impagable. La anciana es un personaje memorable, extremadamente complejo pero definido en pocos rasgos, creado con esa falsa sencillez del mejor arte. Nao descubre el diario que Haruki escribió en sus últimos días de vida. Sin apenas darnos cuenta estamos leyendo un texto encontrado por un personaje cuyo diario, a su vez, ha sido encontrado por la narradora. La aparente dificultad de leer varias novelas a la vez se resuelve de un modo admirable volviendo al inicio, y usando la amalgama natural que nos une a quienes vivimos en este pedrusco inverosímil que gira y avanza por el espacio desde el principio de los tiempos: el hecho de saber que nos vamos a morir, por un lado, y la situación de vulnerabilidad en que eso nos deja, por el otro. Ser, como dice la novela, “seres de tiempo” –time beings– y tener la capacidad intelectual, la curiosidad y la insondable necesidad de preguntarnos en qué consiste ser eso. Lo que llevan toda la vida buscando, a fin de cuentas, la ciencia y la espiritualidad.

He aprendido mucho leyendo la novela. Sobre infinidad de cosas. Entre ellas, el impacto de los humanos en el mar, los efectos de la guerra en Japón, el poco conocido y fascinante anarquismo asiático de mitad del siglo pasado, el prestigio de Proust en el Japón prebélico, la intrigante y desgraciada vida del investigador Hugh Everett, la gran isla de basura formada en el océano Pacífico, las sutiles y para nosotros extrañas formas de prostitución en Japón, el voto de bodhisattva, el maestro Dōgen. Me dejo muchas cosas. Ahora respeto aún más la ciencia ajena al fundamentalismo empiricista, y también la espiritualidad genuina, ajena a toda beatería y buenismo espiritual. La lectura me ha acercado, de un modo a veces incómodo pero también conmovedor, a mi propia condición de ser humano. Me resulta imposible no recomendarla.

 

Matilda, de Roald Dahl

matilda-fabric-smallEn mi casa, de niño, no había apenas libros. Mis padres vienen de familias humildes en las que privilegios como comprar libros o ir a la escuela no eran la norma. El impacto de la literatura me llegó gracias a una profesora de instituto que nos dio a leer un cuento de Mario Vargas Llosa llamado Los cachorros. Ese texto me abrió las puertas a algo imprevisible y precioso, pero me llegó cuando ya estaba bastante crecidito. Es por eso que los clásicos de la literatura infantil que conozco los he leído a destiempo, cuando mi mente ya estaba baqueteada de más, sin la plasticidad típica de las cabezas infantiles. Autores como Jack London, R.L. Stevenson o Antoine de Saint-Exupéry, por ejemplo, sólo me llegaron a las manos pasados los veinte años. Sigo teniendo lagunas en ese terreno y hago lo que puedo por ir supliéndolas. Hasta el año pasado no encontré un momento para leer a uno de los autores que llevaba más tiempo en mi lista de espera: Roald Dahl. Para nada me esperaba lo que iba a ocurrirme mientras leía Matilda, su famosa novela. No sospechaba que fuera a enfadarme y a necesitar escribir este texto que estoy escribiendo, que no es en absoluto una mala crítica porque ni siquiera es una crítica: es un cuerpo extraño que tengo que vomitar. Es el intento de traducir a un discurso racional e inteligible una serie de exabruptos que pronuncié durante la lectura. Algo que, tras unos meses, aún me quema por dentro.

Matilda Wormwood es una niña de cinco años inusualmente precoz. A esa tierna edad lee, o ha leído ya, a Dickens, Austen, Hardy, Steinbeck, Hemingway y varios otros clásicos de la literatura anglosajona. Su padre trabaja revendiendo coches usados y, al igual que su madre, es un ser sádico e idiota. Son tan lerdos que no pueden ver ninguna cualidad en su hija, y mucho menos su precocidad y su inteligencia. La tratan de un modo salvaje, negándole en todo momento sus deseos de expansión, su curiosidad y su creatividad. Se burlan de ella sin pausa y la maltratan psicológicamente. Su padre es tan tonto, tan emocionalmente torpe, que se enfada por el simple hecho de verla gozar de la lectura. Su ira viene de la envidia: de ver a alguien disfrutando de algo que está más allá de lo que alcanzan sus entendederas. Matilda, que no sólo es inteligente sino también compasiva y dulce, anhela que sus padres sean buenos, amorosos, comprensibles, honrados e inteligentes. Pero en absoluto son así. La señorita Honey, su maestra, riñe a su madre por creer que la televisión es más importante que el futuro de su hija: “No debería usted ser madre”, le dice. Al conocer a los padres de Matilda, la señorita Honey queda muy impresionada: “…había oído que por todas partes hay padres como esos y que sus hijos acababan siendo delincuentes y marginados”, pero ellos son los primeros que conoce en carne y hueso.

Conforme iba pasando páginas me iba invadiendo una sensación muy incómoda de tristeza y de incredulidad. La narración divide el mundo en dos tipos de personas: las que leen y las que no. Los personajes que leen son sensibles, inteligentes, sensatos, creativos, buenos y elegantes. Son incluso más bellos, como la señorita Honey (¡se llama Honey!). Los que no leen aparecen como personas sádicas, imbéciles, tramposas, egocéntricas, feas y brutas. Hacía mucho tiempo que no leía un texto tan intensamente discriminatorio, tan clasista, tan lleno de odio. Recuerdo pocas novelas que se esfuercen de un modo tan preciso e intenso en juzgar, diferenciar, acusar, estigmatizar y dividir. Si no lees, parece decirnos la novela, eres una mierda. Eres menos que humano. Leyendo Matilda sentí que el texto supura asco por las clases menos favorecidas, porque vincula de un modo innegable el hecho de no leer con ser una persona horrible.

Como los padres de Matilda, los míos -igual que los padres de mis amigos, o mis vecinos, o mis tíos- tampoco eran lo que se dice grandes lectores. No leíamos nada de nada. Nos llamábamos a nosotros mismos clase trabajadora, porque habíamos oído esa expresión en el telediario. En nuestro mundo se valoraba la habilidad manual. Trabajar con el cuerpo. Recoger aceitunas, hacer muebles, servir mesas, limpiar, cocinar, pintar casas, levantar paredes, despachar en tiendas. De todos esos padres y madres de mi infancia, no consigo recordar a ninguno que fuera especialmente malvado ni despreciable. No puedo imaginarlos burlándose de los deseos de sus hijos e hijas de leer, dibujar o cantar. Otra cosa, claro está, es que quien no ha podido conocer -por razones evidentes- la magia de la lectura o de la música barroca pueda o sepa transmitir esas cosas a su progenie. Por otra parte, tenían poca energía, tiempo y dinero para ocupaciones como llevar a los niños al teatro, leer libros sobre crianza responsable, ir a clases de yoga, hacer terapia, salir a merendar a la montaña o, ni siquiera, jugar con los propios hijos durante su tiempo libre. Pero no poder hacer todo eso no te convierte en un sádico como el señor Wormwood. De hecho, y por lo que yo alcanzo a saber, el sadismo no entiende mucho de clases sociales.

Mi lectura tardía de Matilda coincidió en el tiempo con la llegada del brexit y de Donald Trump, de modo que tuve la muy curiosa experiencia de alternar las páginas del libro con encarnizadas batallas dialécticas sobre política en twitter. En ellas, mucha gente guapa y leída culpaba de los deprimentes resultados electorales a la gente no leída. Legiones de internautas de la divina izquierda de salón y del supuesto nuevo centro se quedaban a gusto criticando a votantes presuntamente incultos, violentos, bobos y chonis que no leen libros. Nos explicaban a todos que nos iría mucho mejor si esa gente despreciable votara bien y dejara que los políticos normales les salvaran la vida.

En el cancionero de Atahualpa Yupanqui hay unos versos que me han guiado durante años: “yo tengo tantos hermanos / que no los puedo contar”. Matilda me está obligando a replantearme muchas cosas. A preguntarme a qué mundo estoy queriendo pertencer cuando insisto en esto de escribir. Qué significa elegir este medio de expresión y no otro. A quién le importamos y a quién dejamos de importarle. Quiénes son mis padres, qué clase de hijo soy yo, quiénes son mis maestros y maestras, quiénes son mis verdaderos hermanos.

 

Lincoln in the Bardo, de George Saunders

bardoEs curioso que un escritor no conocido por su espiritualidad como George Saunders haya ganado el Booker Prize con una novela sobre el bardo. El bardo es, en el budismo, el estado intermedio entre la vida y la muerte. 49 días durante los cuales se transita a un renacimiento que resultará mejor o peor según las causas y condiciones que uno haya ido alimentando con sus patrones habituales de pensamiento, discurso y acción durante sus anteriores vidas. Pero el bardo, en realidad, es mucho más: es todo momento de transición que sirve para hacer evidente la verdad universal de la impermanencia. Por ejemplo, cuando alguna persona nos sorprende haciendo o diciendo algo poco habitual y se hace añicos la imagen congelada que tenemos de él o de ella. Ahí hay un momento de bardo. O cuando nos damos cuenta de que ya no somos jóvenes y de que cierto proyecto que hemos querido llevar a cabo durante años está sólo vivo en nuestra fantasía: más bardo. O cuando entendemos que cierto comentario que hubiera sido pertinente hace diez años hoy es, como poco, sonrojante. Nuestro yo -sea eso lo que sea- se está largando del mundo a cada instante, es en sí mismo un irse yendo. Darse cuenta de ello es lo que se cuece en el bardo. Abraham Lincoln no pudo tener contacto con el budismo, cuya propagación en occidente es más tardía, pero su vida -como todas, en verdad- fue una infinita consecución de oportunidades de darse cuenta de esa cosa de la que hablamos. Él tuvo mucho que ver con que cierto país se transformara casi por completo con la desaparición de la esclavitud. También participó con intensidad en una guerra en la que los cadáveres de hombres jóvenes se amontonaban a un ritmo y con una crueldad desconocida para aquellos tiempos, minando de un modo típicamente budista, por mucho que él no lo supiera, cualquier imagen permanente, sólida y benéfica que el presidente tuviera de sí mismo. Todo ello aparece en esta novela: resulta fascinante y desgarradora la voz de los fantasmas que fueron esclavos en vida, sobresaliente del cúmulo de voces del coro de muertos del cementerio en el que se ubica la historia, dolorosas las palabras que los personajes en tránsito vierten sobre la guerra en la que perecieron ellos o sus familias.

Pero el viaje por el bardo que sirve de armazón para la novela es la muerte, a los once años, de Willie, el hijo de Lincoln. Durante las semanas posteriores al entierro los periódicos de la época dieron noticia de varias visitas del presidente al cementerio de Oak Hill, en Georgetown, para abrir el ataúd del chico y abrazarlo de nuevo. Esta es la brutal anécdota sobre la que el texto entero se sostiene. El de Lincoln fue un comportamiento enfermizo y conmovedor. A un muerto le cuesta una barbaridad atravesar el bardo cuando su queridísimo padre le pide de ese modo tan tierno, tan en carne viva, tan casi neurótico, que no lo atraviese.

Saunders construye su particular y experimental purgatorio de un modo a la vez sencillo y convincente. Urde un tejido con voces de muertos tremendamente normales: voces achacosas, cómicas, dramáticas, violentas, pero que en conjunto resultan extrañamente profundas. Gente muerta que no sabe que está muerta y que habla. Pero nunca voces tétricas, nunca esotéricas en el mal sentido de la palabra. Todas desorientadas en el tránsito, más o menos confundidas, pero de una cohesión interna apabullante. Un constante recuerdo para el lector de cosas importantes, tal vez de lo único importante sobre lo que haya que reflexionar en la vida. Cosas que nos dedicamos consuetudinariamente a dejar de mirar. La novela es de una tristeza radical, pero esos personajes introducen pinceladas cómicas: Saunders sabe que de otro modo sería casi insoportable leer su libro. Como el gran escritor que es, hace lo imposible por que nos llegue su mensaje: la necesidad urgente de ternura en un mundo en el que cualquier asomo de vulnerabilidad es temido, visto como debilidad y arrasado por la cultura imperante, tanto en el mundo de las cifras y el dinero como en el de las artes y la sociedad.

Uno de los habitantes del cementerio, que pasó su vida siendo esclavo, explica lo que sintió al ver en persona al presidente (traducción mía): “Y de repente quise que él supiera de mi. De mi vida. Que nos conociera. A los nuestros. No sé por qué sentí eso, pero lo sentí. Cómo podría decirlo: él no sentía aversión alguna por mí. O tal vez la había sentido en algún momento, y aún conservaba restos de ella, pero al examinar tal aversión, poniéndola a la luz, ya la había, de alguna manera, erosionado. Ese hombre era un libro abierto. Un libro que abría. Que se acababa de abrir un poco más aún. Por la pena. Y por nosotros. Por todos nosotros, negros y blancos. (…) Todos nosotros, negros y blancos, le habíamos puesto triste con nuestra tristeza. Y ahora, aunque suene raro, era él quien me estaba poniendo triste a mí con su tristeza, y pensé, Bien, señor, si vamos a hacer con todo esto una fiesta de la tristeza, yo tengo alguna tristeza que creo que alguien tan poderoso como usted tendrá interés en conocer.” Es imposible mostrar de un modo más claro lo que significa tener el corazón abierto y reconocer, gracias a ello, a otra gente que también lo tiene.

La novela transcurre en una sola noche para Lincoln, pero en el bardo el tiempo es más elástico. Da para enterarse de muchas cosas y para entender muchas otras. Algo que añade profundidad al libro es la distancia objetiva que le confieren la gran cantidad de citas bibliográficas para describir personajes y acontecimientos históricos. En lugar de describir a Abe Lincoln, por ejemplo, se limita a yuxtaponer un montón de descripciones físicas y de carácter de multitud de sus biógrafos, creando un efecto de resonancia a la vez cómico y veraz. Lo mismo ocurre con momentos de la trama, como la suntuosa fiesta del inicio de la novela, que se celebra mientras agoniza el chico en una de las habitaciones de la casa. El libro acaba teniendo la rara pero convincente forma de diario de escritor o de investigador, que mezcla citas con anotaciones y trechos de prosa más o menos definitivos. Parece, en suma, uno de esos platos deconstruidos que muestran las capas de ingredientes separados pero que saben igual de bien -mejor, de hecho- que las recetas tradicionales.

La obra está salpicada de frases difíciles de olvidar. Willie, por ejemplo, era “el tipo de hijo que la gente imagina que serán sus hijos cuando los tengan”. O la impresionante “mi padre me lo prometió”, cuando el crío, ya en otro mundo, afirma con seguridad ante el resto de fantasmas del cementerio que no piensa moverse de allí hasta que venga su padre. Porque Abraham Lincoln no era de los que dejan de cumplir las promesas que les hacen a sus hijos.

Se me hace muy difícil imaginar un libro que hable de un modo más vital, relevante y profundo de la muerte y del poder político haciendo de esas dos cosas un único hilo que se extiende de principio a fin. Como libro, es a la vez un fruto de nuestro mundo y un faro para resistir la dureza de vivir en él. Hace una crítica demoledora de nuestro modo de vida materialsta sin hablar de nuestro modo de vida materialista. Muestra la talla política de Lincoln sin tener que nombrarla. Nos da, página a página, sin cursilería alguna pero con una urgencia y una precisión sorprendentes, razones improrrogables para abrir nuestro corazón a la amabilidad y a la ternura. Es el mejor texto anti-Trump que he leído hasta el momento, y creo que lo seguirá siendo.

Joyita, de Patrick Modiano

joyitaMe pregunto a quién les habla Patrick Modiano en sus novelas. Qué lectores entienden qué cosas. Si lees Joyita (Editorial Anagrama) es imposible que no quedes clasificado en un cierto catálogo que no se puede consultar pero que existe, que vive en el aire, esperando a que por fin algún genio de la ciencia o la espiritualidad o ambas cosas lo descubra, lo saque del limbo de de las verdades que aún están por ser dichas. Ese catálogo es el de la orfandad. Huérfanos con y sin padres, huérfanos felices e infelices, huérfanos desesperados, huérfanos exitosos y listos como lobos, huérfanos de todo tipo. Incluso gente cuya crianza fue ejemplar y llena de amor -aparentemente no huérfanos- que acaban, con el tiempo y el transcurrir de la vida, percibiendo que todos los humanos, incluso ellos, tendrán que vivir algún día el pequeño o gran pellizco de la orfandad estructural de estar en el planeta esperando a morirnos. Es imposible leer a Modiano sin quedar colgado de alguna de esas gavetas. Dan ganas de celebrar una convención de lectores del autor para ver en qué queda la cosa. La orfandad de Martine, esa chica a la que su madre le puso el apodo de “joyita”, es la de la joven cuyos padres no han muerto pero la han abandonado. No es en absoluto lo mismo. Los padres que lo abandonan a uno son como los desaparecidos de las dictaduras. No podemos certificar si viven aún o no, y eso es desesperante, mucho peor que saber que murieron. Si viven, ¿por qué te mantienen en el abandono? ¿Por qué no dan la cara? ¿Por qué se esconden de ti? Hace poco el gran Paolo Sorrentino dedicó una serie completa de casi diez horas de duración a este tema (El joven Papa). Aunque los diálogos y las imágenes son estupendas, Sorrentino no alcanza la autenticidad de Modiano a la hora de entender y hacer entender al lector lo que significa ese tipo de orfandad. La autenticidad suele tener más que ver con la delicadeza y el detalle que con los gestos gruesos y llamativos, y ahí es donde falla un poco el cineasta. Pero Modiano no. Un día Martine cree ver en el metro, vestida con un abrigo amarillo, a su madre. Martine, ¿es alguien? ¿Se puede, así, ser alguien? Todas las cuestiones de la vida se vuelven la misma. La joven se pasa la novela siguiendo a la mujer del abrigo amarillo -el texto tiene estructura detectivesca-, espiándola, buscando su casa, pensando en ella sin pausa, pero al mismo tiempo le da terror el vacío que sobrevendrá en el momento en que se hablen. Justo delante de su puerta, cuando podría simplemente llamar, escapa corriendo: “En el patio, me asombró poder respirar. Qué alivio pisar un suelo firme, una acera tranquilizadora”. Una huérfana como ella está condenada a vivir en el borde de algo, muy cerca de un precipicio. Su vida consiste en el precipicio de pertenecer o dejar de hacerlo. Una vida sin espacio, una vida de angustia entre el sí o el no. Una vida tremendamente estrecha, como un peligroso desfiladero del que no se sale nunca.

El invisible, de Ge Fei

portadaInvisible-345x520-1El protagonista de esta novela, un hombre de 48 años llamado Cui, está a punto de caer en desgracia. No es un paria o un sin techo, pero todo eso empieza a parecerle posible. Su hermana le da un ultimatum para que deje el piso en el que hace unos años le deja vivir. Su mujer lo abandonó cuando encontró a alguien económicamente más estable. Cui no ha superado ese abandono ni de broma. Por otro lado, no se trata de un desgraciado cualquiera. Tiene acceso a otro mundo distinto del suyo: es uno de los pocos artesanos del sonido que quedan en Pekín. Tiene un talento especial para la electrónica. Se gana la vida -mal- reparando y montando aparatos de alta fidelidad a audiófilos o a esnobs millonarios que aspiran a ser audiófilos. Gente acostumbrada al lujo y a quienes les gusta presumir de sus fruslerías con otros aficionados al lujo. Cui conoce a gente de ese tipo. Chinos ricos de la nueva China. Altos funcionarios, empresarios, mafiosos.

Ge Fei ha explicado en una entrevista que le interesa mucho el contraste entre la China de los años ochenta y la actual. Según él, en aquella época primaba cierto sentido de la espiritualidad, que en la entrevista no necesariamente se traduce en religiosidad. Antes se despreciaba lo material. No era importante tener cosas caras, ni conocer gente rica, ni ser visto en tal o cual lugar. Ahora, según Ge Fei, el consumismo ha arrasado con todo. Se adora lo material. En cierto modo me recuerda a Junichiro Tanizaki, que veía la llegada de la luz eléctrica a Japón como la mayor de las desgracias porque estaba acabando de golpe con la totalidad de la estética tradicional japonesa, de la relación sagrada entre la luz y la sombra. Los dos suenan un pelin a reaccionarios, a cascarrabias antiprogreso, pero los dos lo tienen todo bastante clarito, me parece a mí. O andan bien encaminados o yo soy otro cascarrabias.

Cui está atrapado entre esas dos Chinas. No se ve capaz de vivir como se vive ahora. Es un cabezota. La novela, entre otras muchas cosas, va sobre lo excéntrico. Habla de los que siguen en sus trece, los que no se bajan del burro a pesar de que el camino de piedras ahora sea una autopista de peaje. Cui ni siquiera se lo plantea. Es un enamorado absoluto de la música clásica. De los amplificadores con válvulas, los vinilos, los altavoces Autograph -que ahora sé que son lo máximo- y de, entre otros muchos músicos, Erik Satie y Claude Debussy. Va a casas de millonarios que le pagan por que les repare equipos de audio valiosísimos, que para él son objetos de culto a los que trata casi con reverencia, y tiene que soportar -¡ultraje!- que sus dueños los usen para poner música pop. La obra es un homenaje por momentos delicioso a la música. Pero también es un réquiem por ella. China, y Asia en general, están invadidas por el pop. La gente -o eso parece deducirse de las palabras de Cui- ya sólo consume pop.

A cuentagotas y en medio de todo esto, Cui nos habla de su madre, de su mejor amigo, de su ex, de su hermana, y va dejando desperdigadas por el texto evidencias de una vulnerabilidad y una humanidad desgarradoras. A pesar de sus corazas emocionales, Cui es un diapasón del mundo. Un perdedor de manual.

Se considera un artesano: “…los artesanos de hoy en día están, más o menos, en el mismo peldaño de la escala social que los mendigos”, dice. Es consciente de su estatus y de su pobreza. El tema de la pobreza, y en general todo aquello que tenga que ver con el dinero, suele amenazar nuestra identidad personal y política. Gran cantidad de lectores lo rehúyen cual enfermedad venérea, y otra gran cantidad -perdonadme la imprecisión– se ponen a vociferar opiniones políticas sobre Venezuela o sobre el el estado norteamericano de Arkansas, según el plumero político de cada cual. El país de Cui, curiosamente, es un engendro mixto al que algunos llaman (ehem) “economía socialista de mercado con rasgos chinos”. Para un solitario resistente como él, la salida del laberinto es indisoluble de la vocación: si no haces lo que amas, no hagas nada, parece pensar. Quédate en la calle, muérete. Pero el mundo globalizado no admite excepciones. Cui no consigue, a pesar de su terquedad, dejar de formar parte de eso que el filósofo Byung-Chul Han llama sociedad del cansancio. Estamos todos quemados, y los que adoran lo que hacen también lo están. A Cui no le queda otra que compartir mundo con todos esos materialistas enloquecidos y de sensibilidad artística entumecida. Entra en un arriesgado y oscuro negocio con un terrorífico mafioso al que planea venderle su posesión más preciada -los altavoces Autograph que consiguió en una subasta- para poder seguir viviendo a su modo, fuera del sistema que tanto odia. Es difícil evitar el infierno sin negociar con el demonio.

Está todo el texto saturado de oposiciones: lo analógico contra lo digital, amor genuino contra amor interesado, consumismo contra espiritualidad. Esos contrarios no son cajones estancos: se pasa de uno a otro sin solución de continuidad. Llama la atención que, desde el punto de vista de muchos expertos en sonido, sea un mito que la música en analógico suene mejor que en digital. Cui vive en el territorio del mito, que es el único lugar underground que la China comunista-capitalista permite: tu propio onanismo mental, tu propia película. Eso se relaciona también con el aroma constante a nostalgia. No es una nostalgia reñida con la verdad: es convincente. Sobre la sociedad china actual corren historias para no dormir sobre contaminación, comida adulterada, racismo, censura, abusos policiales, condiciones laborales deplorables, alojamientos insalubres y ritmo de vida insoportable. Incluso la visión de Cui es más suave que todo eso.

Aparte de todo lo ya dicho, la novela es una gozada. Está llena de ideas sutiles e irreverentes y de personajes inolvidables. El talento de Ge Fei para la descripción de personajes es abrumador: el párrafo breve con el que despacha al padre del protagonista es magistral. Pero lo más valioso, en mi opinión, es la capacidad de hilar elementos. Va contando la historia -la bajada a los infiernos de Cui y su posterior y realista salida a la superficie para coger oxígeno- con una soltura que hace que las transiciones parezcan invisibles, como si los distintos pedazos del cuento se llamaran forzosamente los unos a los otros y la cosa no se pudiera explicar de otro modo. Qué más se le puede pedir a alguien que cuenta historias.

Intemperie, de Jesús Carrasco

intempUna de las novelas más sólidas que he leído este año es Intemperie, de Jesús Carrasco. Se podría escribir mucho sobre la relación con el léxico que el texto nos propone. La lectura es un paseo en el que vamos viendo caer, como meteoritos, palabras que a pesar de estar en desuso nos suenan a nuevas. Es una especie de construcción del pasado que nos da la impresión de conformar un futuro natural, apocalíptico y acuciante. Carrasco es un espeleólogo del idioma, y consigue salir de la cueva oscura en la que trabaja con términos que tienen un aire casi mágico, cuyos significantes parecen, en la imaginación, como debían de parecerles los imanes del primer párrafo de Cien años de soledad a los personajes de la novela de García Márquez. Se nos ofrece la naturaleza, el paisaje y el pueblo que creíamos irrecuperable, y la ofrenda va envuelta en un papel de regalo irresistible: una historia potente y valiosa. Pura imagen, puro cine de papel. Es el Cormac McCarthy de Castilla. Y es muy bueno.

Los personajes principales son un niño brutalmente maltratado, el hombre que lo maltrata y un pastor que decide intervenir para ayudar al crío. La integridad moral del pastor resulta abrumadora justamente por no ser en absoluto moralista. El personaje raya la santidad -revelada enteramente en un solo detalle- y nos confunde, nos agita interiormente al obligarnos a recalibrar nuestra propia flaqueza, nuestra propia humanidad. Hay una espiritualidad intensa, ajena por completo a cualquier religiosidad institucional, que se esconde como un grano de arena nuclear en el centro del abrumador desierto de dureza que, con todo lujo de detalle, vemos desplegarse en la historia del niño y del pastor. Una especie de manual no dicho, apenas sugerido, de cómo vivir una vida, incluso una vida que apenas parece digna de vivirse.

El camino del perro, de Sam Savage

perroEsta novela habla, en principio, sobre artistas diletantes y sobre el peligro del diletantismo. Dicho peligro es más sutil de lo que parece. Si un artista es honesto consigo mismo se dará cuenta de que resulta tremendamente difícil discernir si su arte se nutre de sus neurosis egóticas o de la necesidad genuina de comunicar o expresar. Por supuesto, la neurosis no es algo de lo que se salga para no sufrirla nunca más. Lo que ocurre casi siempre es que transitamos una y otra vez de la neurosis a la cordura, del deseo frívolo de ser aplaudido al trabajo serio y humilde, al trabajo digno.

El camino del perro va de eso: de la dignidad o de su ausencia. Y no solo incumbe a artistas: todas las personas, en nuestra vida cotidiana -tratando con los otros, trabajando, estando con los amigos y con la familia- somos responsables de nuestra propia dignidad, de hasta qué punto forzamos la realidad para que se adecue a nuestros deseos y nuestros miedos o hasta qué punto trabajamos dignamente con ella sin querer imponer a toda costa el “qué hay de lo mío” o el “que no me toquen lo mío”.

Los que escribimos sabemos de esto un rato. Tengo la sensación de que la gente que tiene que leer este libro -los artistas megalómanos, los escritores de foto de cubierta con mano en la barbilla, los editores y marchantes de arte maquiavélicos y el resto de gente que se pasa mucho más tiempo maquinando que creando- no lo leerán, o lo leerán sin sentirse aludidos.

Harold Nivenson, el anciano protagonista, revisa su vida desde dos miradores: su cercanía con la muerte y su olímpica misantropía: “Durante los fines de semana (las personas felices) se arraciman y apretujan en los jadines traseros y en los parques, sonriendo y meneando la cola como perros”. Los personajes misántropos son maravillosos. Sin ellos la literatura quedaría huérfana, severamente achicada. Una de las ventajas de los cascarrabias es la distancia con la que miran el mundo. En el caso de Savage esa distancia ofrece a la voz narrativa una objetividad tangencial y deliciosa, a la vez que triste. Harold Nivenson -por eso es un personaje tan conseguido- no reserva la misantropía a los otros: una de sus principales dianas es él mismo. Su juventud y su madurez. La absurdidad de su tenaz vocación por el éxito, por ser especial, por ser un escritor y un artista admirado, por rodearse de gente famosa y brillante.

Nivenson lleva toda la vida escribiendo anotaciones en trozos de papel que ahora encuentra por toda la casa: “No puedo abrir un libro sin que de él no caiga algún papel. No sé qué era lo que esperaba conseguir.” Habla con la perspectiva que da el tiempo: eso que esperaba conseguir, fuera lo que fuera, ya no está al alcance. De hecho, Nivenson ni siquiera recuerda qué era aquello tan deseado.

Lo que cuenta la novela es poco, porque poco es lo que Nivenson hizo con su vida: a partir de una relativa fortuna familiar que no se ganó él mismo, se dedicó a hacerse un pequeño nombre como marchante de arte y a mantener ilusiones de ser un gran escritor. Compró una casa que llenó de cuadros. La casa fue atrozmente ocupada por gente que iba allí para estar con Meininger, el gran artista a quien Nivenson admiró y esponsorizó de un modo estúpido y casi delirante. Ese pintor irresponsable y suicida hizo lo que le dio la gana con él, y él se dejó. Meininger lo usó de un modo ruin, sin contemplaciones, sin disimulos. Lo traicionó. A Nivenson lo perdió su afán de notoriedad. Ser el mejor amigo de un supuesto genio de la pintura. Así desperdició su vida. La historia no tiene nada de especial. Lo valioso del texto es la minuciosidad del narrador para analizarla y la impresionante honestidad con la que se confiesa. Impresiona tanta lucidez. Es un comentario a la propia vida repleto de avisos para que el lector no desperdicie la suya. Son avisos no siempre evidentes, pero siempre certeros. El narrador, cuando nos habla, ha mudado ya muchas pieles de serpiente. Todos las mudaremos. Nuestra identidad cambiará y sufriremos, o nos resistiremos a cambiar y sufriremos más todavía. Nivenson nos avisa de las trampas que nos hacemos a nosotros mismos. Las disecciona. Son las peores trampas que hay. Es posible, de hecho, que sean las únicas que verdaderamente existen.

Nivenson, de joven, era ingenioso. Discutía de todo en las fiestas, las animaba, las colonizaba con su presencia encantadora. Era el foco de atención. Su verborrea estaba preñada de una “listeza elevadísima”. La melancolía de la voz anciana del narrador recordando aquellas fiestas es punzante porque es lúcida. En realidad, el enorme esfuerzo por lucirse del joven Nivenson era patético. Era -según el propio texto- histérico.

Nivenson vive en su casa, la casa que compró y de la que se considera esclavo, y en ella se convierte en una especie de anti-Walden. Su afilada inteligencia lo ve todo: comprende muy bien, sin necesidad de aislarse en la naturaleza como el personaje de Thoreau, en qué consiste la vida de gran parte de los habitantes de las sociedades modernas: la obsesión por el triunfo, la competitividad innecesaria, la carrera absurda hacia ningún lado.

No reventaré aquí la imagen perfecta que Savage consigue de la institución familiar a partir de la afición a hacer puzles. Es uno de los símiles más eficaces que he leído en una novela, y sirve de maravilla para explicar al personaje, o al menos para enmarcarlo en algún sitio y entender tanto su inteligencia como su amargura.

El camino del perro es una novela sobre los sacrificios inútiles. Es extrañamente hermosa, casi hipnótica, y si es leída con atención difícilmente queda uno indemne. Todos hemos hecho algún sacrificio inútil alguna vez, y algunos de nosotros tal vez estemos dedicando nuestra vida entera a uno de ellos.

“El yo no es un hombre feliz”, dice Nivenson. En realidad, aunque no lo sepamos, no somos ese personaje que nos hemos creado y que va por el mundo pescando halagos o creyéndose mejor que el resto de la gente. Somos otra cosa. Ese personaje, al final, como le pasa a Nivenson, nos cansa. Nos agota.

La infancia de Jesús, de J.M. Coetzee

infanciajesusLeo La infancia de Jesús, de J.M Coetzee, como una depuración narrativa de ideas más vividas que pensadas. Coetzee capta las sutilezas con que los sistemas de poder atrapan a la gente, las reglas complejas e injustas que cimientan nuestras comunidades. El tema que inunda el texto es la burocracia. El protagonista es un refugiado o inmigrante llamado Simón, que durante su viaje al primer mundo ha recogido a un niño perdido, David, a cuya madre tratará de encontrar. Toda la novela muestra a los protagonistas -la “madre” que Simón encuentra, los amigos que hace, la gente que conoce- en lugares que tienen por un motivo u otro tintes burocráticos: residencias para extranjeros, centros de internamiento donde te enseñan la lengua del país antes de que cruces la frontera, oficinas, escuelas, pisos para trabajadores que hacen pensar en celdas de monasterio… No aparece en todo el libro eso que entendemos por una casa, como en la frase “estar en casa”. No hay hogares sino alojamientos. Techos y paredes que contienen una cama y una mesa y una silla. La burocracia lo baña todo y deja de ser un conducto o una serie de conductos que se usan para llegar a otro sitio. Esos pasillos son el nuevo sitio. El país nuevo. Se vive de modo crónico en ese pasadizo.

Todo el mundo parece sugerirle a Simón que hay que olvidarse de la identidad que tuvimos. Olvidar es urgente e importantísimo. Simón ya no recuerda apenas los detalles de su vida, pero su cuerpo o su alma piden una compañera, momentos de ternura, sexo, dulzura, amor. David tampoco parece adaptarse. Es visto por todos como especial. La infancia de Jesús del título está tensando la cuerda del sentido constantemente. No aparece Jesucristo en la novela ni se habla -en principio- sobre religión, pero el tono aséptico y distópico del libro nos hace pensar en la necesidad de una gran revelación espiritual venidera que no tendrá que ver con milagros ni con gente que resucita y sube al cielo ni con nada esotérico del estilo, pero sí, posiblemente, con el Jesús cabreado como una mona que entra a gritos al templo y se pone a levantar los tenderetes de los mercaderes por los aires y a cantarles las cuarenta a todos a grito pelado. La ira compasiva y lúcida, casi revolucionaria, de la que hoy no nos hablan demasiado desde la conferencia episcopal: esos están más por la distopía burocrática que por otra cosa.

En un momento dado Simón y David van al fútbol con Álvaro, el jefe de Simón. No hay que pagar entrada porque es un partido de división regional. El niño dice que tiene hambre, pero Simón no tiene dinero. Le contesta que intente entretenerse con el partido. Que entretenga su propia hambre. Este modo aparentemente sencillo con el que Coetzee se aproxima a la necesidad es eficacísimo: yo, occidental no inmigrante, tengo asociado ver fútbol con estar picoteando con displicencia algo de comida. La tristeza que me dejó leer este trecho es duradera. Pasan los días y no me la sacudo de encima.

Algo que me impresiona es el modo en que Simón insiste en educar a David sin mentirle jamás, y cómo eso llega a parecerles a los demás algo extremo y subversivo. Uno no tarda en darse cuenta de que Coetzee no persigue explicar o hacer entender al lector cómo debe ser la educación o la crianza. No es un moralista. Lo que persigue es que veamos cómo realmente es. No es que quiera reformar la escuela: quiere que veamos lo que la escuela es desde los cimientos. Lo que hacen los padres y los enseñantes sin darse cuenta. La burocratización de la propia vida. No se pierdan, si leen la novela, la conversación que el niño y su tutor tienen sobre la mierda junto a un inodoro. Qué diálogo tan lúcido y tan difícil. Hablar con un niño es hablar lúcido o no decir nada.

David es obligado a ir a un colegio para niños especiales porque no acepta la autoridad del profesor. En la escuela ya pasa lo que pasa fuera: todo el mundo debe adaptarse a los moldes para que así la sociedad no tenga que sufrir ni el mínimo conflicto o tirantez. Es decir, la sociedad está muerta. Si cada vez que un niño inteligente desafía a su profesor lerdo hay que hacer intervenir a las autoridades y encerrar al niño en un colegio especial, estamos ante el fin de la civilización. La infancia de todos los niños es la infancia Jesús.

Expulsiones, de Saskia Sassen

sassenEn cuanto supe de Saskia Sassen -la escuché en un vídeo de Internet hablando sobre los refugiados- me di cuenta de que tenía que leerla para ganar perspectiva sobre mi mundo. Ella, como otros pensadores contemporáneos (pienso en Zygmunt Bauman, David Suzuki o Franco Berardi) me ayudan a no seguir escribiendo historias sobre el pasado pensando que escribo sobre el presente. En aquel vídeo Sassen hablaba sobre el contraste entre ser un refugiado antes y ahora. Tradicionalmente, los refugiados se marchaban en busca de una vida mejor y soñaban con regresar algún día. Ahora no tienen un país al que volver, y lo que persiguen no es vivir mejor sino sólo vivir (better life vs bare life). No piden más que eso. Permancer respirando en algún lugar del planeta. Eso no es un inmigrante, dice Sassen. Es otra cosa.

El título del libro ya lo deja bastante claro: Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global. La tesis que defiende es que si en otros momentos la desigualdad se alimentaba de incorporar gente al sistema, ahora se basa en expulsarla. El keynesianismo incorporó a las clases desfavorecidas como consumidores de todo tipo de productos y frivolidades antes reservadas a las clases medias y altas. Pero ahora el paradigma ha cambiado, y el sistema económico se alimenta de expulsar de un modo atroz mediante complejas artimañas financieras a grupos de personas, especies animales, reservas de la naturaleza y cualquier otra cosa imaginable. Un ejemplo conocido de todos nosotros es la crisis inmobiliaria que provocó, atención al dato, 360.000 desahucios sólo en España entre 2008 y 2014. Esta devastadora expulsión de personas se gestó mediante alta ingeniería financiera, o lo que yo llamo -que no Sassen- estafa y robo. Es una intriga urdida entre diferentes grupos interesados: la industria inmobiliaria, los bancos, los grupos de inversión. Gente que se ha dado cuenta de que expulsando se gana infinitamente más que incluyendo. Si para conseguirlo hace falta atraer a millones de personas a las oficinas del banco y hacerles creer que podrán pagar préstamos millonarios con sueldos miserables, no hay problema.

Este nuevo sistema económico no sólo expulsa gente, sino culturas enteras. Los recursos naturales de muchos lugares del mundo, como por ejemplo la vasta región del Tíbet, valen mucho más para la lógica económica imperante que las gentes y las costumbres que viven en ellos y de ellos. La cultura tibetana de conservación de la naturaleza y de respeto por el hábitat está siendo arrasada sin que nadie diga nada sobre ello. El gobierno chino no le da cuentas a nadie al respecto, y las empresas que usan los recursos de la región, claro está, mucho menos aún.

Este cambio de paradigma es postnacional e incluso postideológico. Como señala Sassen en la introducción, es posible que países tan distintos como China y Estados Unidos “alberguen grandes lógicas contemporáneas que organizan la economía, principalmente las finanzas impulsadas por la especulación y la búsqueda de hiperbeneficios. Esos paralelismos, y sus consecuencias para la gente, los lugares y las economías, bien podrían resultar mucho más significativos para entender nuestros tiempos que las diferencias entre comunismo y capitalismo.” Ya no son gobiernos, partidos políticos o empresas concretas los campeones del fomento de la desigualdad. Donde antes había élites, ahora hay ubicuas e invisibles “formaciones predatorias”, una “combinación de élites y capacidades sistémicas con las finanzas como posibilitador clave”.

Más ejemplos de expulsión:

-La privatización de la gestión las cárceles en gran parte del mundo. Favorece la expulsión de la sociedad, en masa, de reclusos que pasan encerrados más tiempo que antes. Hay jueces que aceptan sobornos de esas cárceles privadas para alargar penas de prisión que enriquecen a los empresarios. Esto puede parecer raro leído desde aquí, pero en Estados Unidos la población reclusa se ha doblado en pocos años.

-La compra de enormes cantidades de tierra por parte de gobiernos de países extranjeros para ser usadas como monocultivo de soja o de maíz, por ejemplo, o para albergar infraestructuras. Los orangutanes están siendo expulsados de su hábitat para que podamos tener aceite de palma. Multitud de campesinos humildes pierden su trabajo, así como artesanos, manufactureros y tenderos que vivían cerca de esos territorios. Un ejemplo doloroso sería la expulsión de la comunidad mapuche de las tierras donde han vivido siempre para que una compañía eléctrica monte allí su central.

-El acaparamiento de agua por parte de grandes empresas multinacionales que ensucian e inutilizan los recursos hídricos. Es famoso el conflicto en el delta del Níger, cuya denuncia le costó la vida al activista y escritor Ken Saro-Wiwa. Envenenar la tierra, el agua y el aire están dando enormes beneficios a la economía global. Todo es “financializable”, como dice Sassen. La buscada complejidad de las leyes al respecto de las concesiones a empresas se ocupa de oscurecer el asunto mediante junglas de papeles y contratos opacos y bizantinos diseñados para ralentizar la lucha política de los oprimidos y perpetuar el asunto.

A mí se me ocurren más expulsiones: como en este momento estoy escribiendo sobre la salud mental, no puedo evitar pensar el fenómeno de la medicalización abusiva de millones de pacientes. Todo coincide: muchos grupos distintos con intereses concertados (farmacéuticas, sistemas públicos y privados de salud, gobiernos, hospitales, industrias químicas, el sector académico y científico…) favorecen o ignoran la prescripción de manera universal de determinados fármacos que expulsan de la vida social saludable a millones de personas. Los expulsados son incapaces de volver a ser incluídos en el mundo del que salieron, y están a una distancia tan grande de los que orquestaron su expulsión que ni siquiera los ven. Yo no soy un experto en nada, y menos en economía, pero diría -llamadme conspiranoico- que Sassen no acaba de andar desencaminada.

Creo que es básico, si no leer este libro, sí al menos alcanzar de algún modo su mensaje. Hablar sobre él, ni que sea para discutirlo o desmontar sus argumentos. O cambiamos algo, o será el cambio el que se nos trague a nosotros en muy poco tiempo.